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martes, 26 de abril de 2011

Crítica a un instrumento de dominación

Invade nuestro ámbito de trabajo, nuestras casas, se roba el tiempo de ocio nuestros hijos y parejas, ¿porqué nadie cuestiona a Facebook?

Cada vez es mayor el tiempo que las personas invierten en mirar por el cerrojo de la cerradura del otro, sin dudas, este es un fenómeno social que no puede ser menos que examinado. Para hacer un balance entre las ventajas y las desventajas de la era 2.0, basta con remontarnos a cómo era un día en nuestra vida antes de que se impusiera el uso del celular, la PC, la internet o el mismísimo Facebook.

En mi experiencia personal fui incorporando la tecnología a mi vida cotidiana no sin cierto disgusto y duda. Primero con el celular, me harté de ser localizada todo el tiempo en momentos en los que no quería hablar por teléfono sino disfrutar de mi vida en vivo y en directo. Me cansé también cuando aumentaron las tarifas y los sms (menos costosos) bombardearon mi tiempo. Lo curioso es que este fue método más que efectivo para llenar a los usuarios de spam (publicidades indeseadas).

Después vinieron las redes sociales, Facebook se convirtió en un boom, la gente estaba deslumbrada por poder entrar en la intimidad de otros, ver sus fotos, saber con quién andaba fulano o si mengano estaba libre y sin compromisos. A mí el tema aún no me cerraba, no me parecía divertido contemplar el exhibicionismo ajeno, el patetismo de querer aparecer en las pantallitas de todos me resultada incómodo, me generaba una especie de pudor ajeno. Creé mi cuenta en la que encontré la utilidad de difundir mis críticas y descontentos con el mundo y me entristeció un poco que Madame Verité fuese develada, era yo, con nombre y apellido de una mujer común. Facebook me había quitado el velo, el misterio se había diluído detrás de una red social.

Después, mi hijo de entonces diez años empezó a suplicarme que le hiciera una cuenta porque sus demás compañeros también tenían y él no podía estar "incomunicado", no pertenecer al mundo cibernético no era una opción para él, yo era una madre anticuada, conservadora, castradora. En esa época la respuesta fue un rotundo no a pesar de los berrinches y los enojos. No le veía el sentido a que un niño necesitara tal cosa. Un año y medio después cedí, porque me pareció que no sería tan nocivo que de vez en cuando entrara a contactarse con sus amigos, a quienes conocía del colegio (una de las condiciones fue que siempre aceptara a gente conocida, otra que no revelara ningún dato de contacto). Sin embargo unos meses después estoy lamentando que él no se despegue de la laptop. No quiere bañarse, colaborar en lo que le pido, preparar sus cosas para ir al colegio y se pone de mal humor por el stress y el cansancio que le produce estar horas jugando a través de... Facebook!

Esto me hace pensar que las redes sociales son como grilletes invisibles que nos pone el sistema, lo curioso es que nadie se pregunte ¿porqué reinan en nuestros hogares?, ¿porqué las pantallas no duermen?

Una de las primeras entradas que publiqué en este blog llamada Vidas Públicas, una aberración moderna, ya vaticinaba estos temores, la percepción no me falló por eso es que aún sostengo lo escrito en esa ocasión.

Así como llaman en España a la Telebasura, la internet en su peor expresión y mal utilizada puede convertirse en un arma de doble filo entre las relaciones reales y tangibles. En pos de tener un millón de amigos como Roberto Carlos, estamos enfrentándonos con nuestros afectos más cercanos, descuidando los lazos verdaderos, enajenándonos frente a un monitor. Deberíamos preguntarnos si no nos hace sentir un poquito absurdos el modo en el que elegimos que el mundo nos mire, ¿necesitamos que nos miren tanto?

lunes, 26 de enero de 2009

Vidas públicas, una aberración moderna


En un intento por distraer mi mente en el ciber-espacio sideral abro mi correo y aparece un mensaje para actualizar el programa que oficia de cartero postmoderno. Oh my God!, cuando lo veo y descubro que hoy en día somos todos periodistas, cronistas, escritores y que los diarios íntimos se han abierto... ¿para siempre?

Solo espero que no haya muerto el oficio del periodista formado en una redacción, a pesar de que hoy tengamos que estar más preparados (un momento, esto es una contradicción en sí misma). Solo ansío que esto no se trate más que de una moda pasajera, un vicio por el exhibicionismo de nuestras vidas ante el ojo del Big Brother que todo lo mira. Más que placer debería generarnos terror saber cuán vigilados vivimos hoy en día, cuánto de cárcel hay en esta pseudo libertad que la vida cibernética nos regala.

Por mi parte deseo desaparecer como mí misma de todo sistema de archivo que anda por ahí legitimando el poder de las máquinas y la internet en nuestras cada vez más livianas existencias. Deseo renacer cada día (que el tiempo me permita) simplemente como Mme. Verité; para que nadie pueda juzgar mis pensamientos, para jugar a las escondidas, para expresar lo más profundo de mi con un seudónimo, solo así tiene otro sabor. Qué espanto tanta falta de misterio, tanta falta de respeto por nuestra propia intimidad, qué tristes y patéticos que somos jugando a ser los más audaces, mostrando nuestros cuerpos y nuestras miserias.