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jueves, 28 de julio de 2011

Depresión vs. Manía

Hace una semana se me parte la cabeza de dolor, mi cuerpo no define si prefiere padecer de una gripe oficialmente declarada o de un desarreglo digestivo, se debate entre una sintomatología confusa, tan confusa como mis pensamientos. Hace más o menos el mismo tiempo coincidentemente que mis problemas emocionales se agravaron, una situación sentimental que pende de un hilo se balancea en un espacio sin tiempo. El padecer se prolonga y en este preciso instante me he quedado sola.
Después de un descanso necesario me han dado deseos de comer, me dejaron una nota sobre la mesa con algo de comida hecha pero con mucho amor que se descifra en la letra manuscrita de dos de mis seres más queridos. Pero no pude tolerarlo y la vomité.
Fumo un cigarro, escribo intentando librarme de los demonios que no me dejan ser aunque más no sea un poco más normal. Ni siquiera puedo definirme como un Lobo Estepario, porque éste disfrutaba de su soledad mientras que yo muchas veces (como hoy) la detesto y ansío desesperadamente pedir auxilio. He llorado un poco intentando aliviarme, he conversado con distintas personas sobre temas triviales sin atreverme a gritar: Ayudame!

Lo más incomprensible es que ayer fue un día de liberación, llegué a mi casa casi a la medianoche, saturada de tanta actividad pero feliz. Me habían pasado un millón de cosas buenas y había comenzado con algunos proyectos postergados hace tiempo. Ayer había decidido retomar el bienestar físico, volver a dedicarme a la danza, me había comprado también cinco libros escritos en alemán, entre ellos una tan deseada biografía de Mozart que llegó a mis manos por una afortunada casualidad celestial. Todo estaba bien y hasta tuve tiempo de cenar con mi familia, ponerme al día con mi madre, abrazar a mi hijo. Y entonces vuelve la desazón y mi espíritu parece derrumbarse como un castillo de naipes.

jueves, 24 de marzo de 2011

Feriado

Siento latir la ansedad que galopa hasta mi corazón, me desvela, me aqueja un mal que apenas puedo soportar.

Me siento atrapada, es feriado y estoy en la oficina, afuera las calles están semidesiertas, solo se ve gente en plan de goce. A mí me costará disfrutar del resto del día, lo sé. Cuando llegue a casa pienso tomarme dos de las amarillas, dos y si es posible sumaría un poco de alcohol, prefiero caer rendida y despertarme dentro de un día nuevo, en lo posible mañana.

En mi cabeza los pensamientos van en círculo, ein Teufel Kreis. Recurre en mí la idea de acabar con las dudas y arrancar las preocupaciones de raíz. Se acelera mi respiración, necesito descanso. Quiero tener ganas de salir y disfrutar, pero no las tengo y si pudieran comprarse las ganas yo no podría obtenerlas (otra vez pensando en mi magro salario). Cada persona que me cruzo me dice:-eso no es un sueldo- y tienen razón pero me estanco en la desdicha, la soporto como un castigo merecido.

Acá la gente molesta, tose sin taparse la boca, saluda con falsedad y muecas de desprecio, hablan a las espaldas de otros,etc, etc... cada vez los quiero menos compañeros, sépanlo.

Me faltan dos horas veinte, pero el tiempo parece detenido, todo pasa allá afuera, acá desfallece mi alma dentro de esta torre negra.

Si pudiera lloraría muy fuerte para desahogarme, me haría bien, pero no sé si tendré las fuerzas para lograrlo. Estoy cansada hasta para llorar, anoche no pude dormir, el insomnio trastorna, corroe.

Ya empecé a llorar, tuve que cubrirme la cara para que nadie me viera. definitivamente estoy desestabilizada por el stress. Los ruidos me hacen mal, la tostada que cruje en la boca de Pablo, la voz de Graciela, el click! del mouse, la tos fingida en el fondo, las voces amaneradas, un sorbido al mate.

Respiro fuerte y rápido, imposible serenarme, escribo lo más frenéticamente posible, reflexiono, me angustio, lloro. Ni siquiera esto me desahoga.

jueves, 11 de noviembre de 2010

Un año de 700 días

Capítulo 1

Noviembre

Ella dijo - este parece un año de 700 días- y ése me pareció la metáfora perfecta para designar un período lleno de experiencias que cambiaron mi vida para siempre.

Mamá le daba un sorbo a su café con leche, ella nunca lo tomaba solo y esa era una clara diferencia con mi padre que siempre pedía café negro. ¿Será porque ella era una persona más blanda, más amable o simplemente muy diferente a él?. No lo sé, solo sé que era el mes de noviembre, yo había caído por las escaleras y ella estaba allí. Él en cambio estaba presente solo a través del teléfono y esporádicamente. Su esfuerzo paternal más parecido al amor fue acercarme una bolsa con comestibles y preguntarme que haría para navidad. Siempre para estas fechas se ponía nostálgico y tendía a escaparse conmigo imaginariamente, es decir, con su pasado, tal vez para enmendar las heridas que le había hecho a mi corazón durante tantos años de ausencia.


Con mamá las cosas habían muy sido diferentes, nos habíamos odiado en la adolescencia, habíamos competido en cierta forma por ver quién era la más inmadura y ella había sacado el primer premio. Luego, después de dos años de terapia el remanso por fin llegó. Fue en octubre del año pasado cuando le ofrecí viajar a Los Angeles y empezar de nuevo. No sé de dónde habré sacado la loca idea, pero funcionó. Cuando regresamos de aquel segundo alumbramiento todo cambió y se puede decir que he realizado todo un esfuerzo por hacer que la relación funcione. Supuse que sería esa la receta, no sólo con las parejas, sino que entre padres e hijos las faltas podrían enmendarse con voluntad de las dos partes, simple lógica, matemática sentimental.


Las lesiones no habían sido graves, el impacto de la caída solo afectó los músculos y yo me había tomado los días en el trabajo, lo que me daba tiempo para pensar. Ya estaba terminando las últimas asignaturas de la carrera de periodismo y comenzaría una nueva etapa el año siguiente, necesitaba un lapsus para deternerme y realizar un balance.


En un breve resumen, este año había pasado por el desenfreno, la angustia, la depresión, la desdicha como nunca antes y por la completa satisfacción y el bienestar más pleno. Según la doctora que regula mis emociones, un ser humano con estas características solo puede ser catalogado dentro del marco de la Bipolaridad. Esa palabra me causó al principio algo de miedo, también era algo desconocido y en cierta forma un término que estaba en boga por estos días. La misma Presidenta de la Nación había sido catalogada por varios artículos periodísticos como bipolar, yo nunca comprendí si era una simple estrategia de la oposición para hacerla ver como una persona desequilibrada emocionalmente o de verdad tenía la enfermedad. Que es un mal no voy a negarlo, pero me cuesta denominarlo enfermedad, nadie quiere estar enfermo. Al principio me dediqué a leer sobre el tema, busqué videos, libros, testimonios, quería salir de ese estado espantoso y decrépito que me había hecho perder siete kilos en menos de un mes y no sabía cómo. Entonces, cuando no supe más qué hacer o cómo rearmar el rompecabezas dentro de mi mente, busqué ayuda.


Los doctores me habían intoxicado lo suficiente con los antidepresivos equivocados y solo dijeron que fue un error. Lo único que quería era una vida normal.

viernes, 21 de mayo de 2010

El agua que corrió bajo el puente


Hace mucho tiempo que no publicaba. Mi vida acelerada de muchacha de ciudad me mantenía atada a mis múltiples obligaciones y le restaba tiempo al placentero vicio de escribir.
Muchas cosas sucedieron en este tiempo. Todo cambió radicalmente, ya no vivo con la misma persona, es más, ando sola por el mundo cargando mi pesado equipaje. Mil veces me he preguntado si me equivoqué, pero es un hecho que el tiempo pasa y se va rápido, no se puede vivir en el pasado.
Este verano fue como vestirme con la piel de una persona que no conozco y encarar la vida en pose triunfadora, yo lo creí. Me maquillé, me puse unos zapatos de taco negros, mi mejor vestido y conseguí un trabajo como recepcionista en uno de los bares más populares de la ciudad. Me codée con famosos y me topé con extranjeros con los que dialogué en un english very polite, intenté relacionarme con franceses y saqué a relucir mi oxidado alemán. Dejé que me alagaran y que me hicieran sentir como una diva de vitrina. Como no era suficiente me busqué un un departamento antiguo, blanco y amplio. Me mudé, viajé a España de vacaciones, luego a New York. Comencé mi último año de carrera y amoblé mi casa nueva.
El cansancio nunca llegó, pero la depresión volvió a derrotarme. No necesito ahondar en los síntomas angustiantes de aquellos días, cuando uno se quiere morir y terminar de una puta vez con tanto dolor.
Lloré y desée haberme emborrachado o estimulado de alguna manera que me hubiese hecho sentir al menos momentáneamente feliz. Pero rechacé definitivamente un nuevo tratamiento.
Es preferible aprender a enfrentar el sufrimiento humano (lo cual es un proceso natural), que anestesiarlo día a día con esas miniaturas que te hacen ver la vie en rose. La vida no es eso, la vida es felicidad, pero también es tristeza, melancolía y soledad y aunque estos últimos sinónimos sean los que más me reflejan hoy también se trata de un desafío superar los estados de ánimo.

jueves, 17 de julio de 2008

Crónica de mi debilidad


Siento como si mi cuerpo no me perteneciera, mientras camino por la calle me siento flotar, las luces se nublan ante mis ojos, todas las imágenes se funden como en un caleidoscopio. Así se siente vivir a punto derrumbarse, a punto de caer en cualquier lugar. Pero tomo mis gotas de "Effortil", poción mágica para levantar muertos como yo, que sirve para sacarme del limbo, del trance bamboleante en el que suelo pasar los días, estos días.

A veces pìenso que los colores que proyecta la computadora en mi trabajo hacen que todo lo que veo después se ponga difuso, ahora sé que no, tengo la certeza de que es una dolencia más de la anemia.

Hace meses que no me pertenezco, que no soy yo, más que un cuerpo enfermo que no puedo manejar a voluntad, hace meses que no salgo de noche sola, por temor a caer en algún sitio y no poder volver a casa. Y lo peor para mi es no tener las suficientes fuerzas para escribir, y dejar pasar la inspiración que a veces me toca la puerta y decirle que hoy no puedo salir a jugar.