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jueves, 28 de julio de 2011

Depresión vs. Manía

Hace una semana se me parte la cabeza de dolor, mi cuerpo no define si prefiere padecer de una gripe oficialmente declarada o de un desarreglo digestivo, se debate entre una sintomatología confusa, tan confusa como mis pensamientos. Hace más o menos el mismo tiempo coincidentemente que mis problemas emocionales se agravaron, una situación sentimental que pende de un hilo se balancea en un espacio sin tiempo. El padecer se prolonga y en este preciso instante me he quedado sola.
Después de un descanso necesario me han dado deseos de comer, me dejaron una nota sobre la mesa con algo de comida hecha pero con mucho amor que se descifra en la letra manuscrita de dos de mis seres más queridos. Pero no pude tolerarlo y la vomité.
Fumo un cigarro, escribo intentando librarme de los demonios que no me dejan ser aunque más no sea un poco más normal. Ni siquiera puedo definirme como un Lobo Estepario, porque éste disfrutaba de su soledad mientras que yo muchas veces (como hoy) la detesto y ansío desesperadamente pedir auxilio. He llorado un poco intentando aliviarme, he conversado con distintas personas sobre temas triviales sin atreverme a gritar: Ayudame!

Lo más incomprensible es que ayer fue un día de liberación, llegué a mi casa casi a la medianoche, saturada de tanta actividad pero feliz. Me habían pasado un millón de cosas buenas y había comenzado con algunos proyectos postergados hace tiempo. Ayer había decidido retomar el bienestar físico, volver a dedicarme a la danza, me había comprado también cinco libros escritos en alemán, entre ellos una tan deseada biografía de Mozart que llegó a mis manos por una afortunada casualidad celestial. Todo estaba bien y hasta tuve tiempo de cenar con mi familia, ponerme al día con mi madre, abrazar a mi hijo. Y entonces vuelve la desazón y mi espíritu parece derrumbarse como un castillo de naipes.

miércoles, 27 de abril de 2011

Historia de un amor de lata


Gomes Da Costa es un brasilero que solía dormir solo al lado de la canilla, se acurrucaba (muchas veces húmedo) para soportar el frío de la noche. Por las mañanas le gustaba sentir la brisa por la ventana y charlar con la enredadera verde que crecía majestuosa sobre el marco amarillo.

Su caparazón estaba cobrando el color del óxido y sin embargo seguía siendo tan entrañable y querido como el día que llegó de su largo viaje. Traía consigo dos sardinas enormes que venían de Brasil aún frescas y que sirvieron para la cena, entonces la familia decidió adoptarlo. Primero no supieron bien qué función asignarle dentro del hogar y así es como se convirtió en ayudante del pintor, en portador de cenizas y en esponjero. Siempre muy trabajador, siempre silencioso y amable con su traje azul y plata y su rostro amigable.

Gomez Da Costa ya no duerme solo, porque una noche, la señora salió a comprarle una compañera, le quitó las sardinas que usó para la cena, la limpió con una esponja llena de espuma y la recostó a su lado. La soledad ya no entristece al hombre de latón que descansa feliz junto a su bella sirena.