viernes, 9 de noviembre de 2012

Su presencia


Ni bien Miranda cruzó la puerta del bar se sintió nostálgica. Era invierno y llevaba una campera de cuero negra, estaba junto a unos amigos esperando a que se hiciera la hora de entrar a El agujero del jazz.  El lugar ya había abierto y tocaba una banda que hacía versiones de Fats Waler y Charlie Parker, pero a ellos le interesaba algo más cool, esas fusiones descomunales con música de los 70´s que tocaba Sebastián Peyceré y que hacían estallar el antro.
Eligieron una mesa justo en el medio del salón, pidieron cuatro cafés. Miranda no dejaba de observar los azulejos blancos, los espejos con marco de madera y los labios de Darío que hablaba sin parar. A pesar de ello no lo escuchaba, solo podía oír la música que producían las cucharitas en las tazas, los sobres de azúcar al romperse, los chirridos de las sillas y los sonidos naturales del mostrador; una sinfonía compuesta para vidrio y metal. En su cabeza todo era una reminiscencia de otro día en el mismo lugar. 


Una tarde de primavera mientras caía el sol se sentó en una de las mesas de afuera a beber catorce litros de cerveza con Gustavo, el resto era historia. Esa noche podía ver esa misma mesa blanca azotada por el viento invernal. Nada había cambiado, era como el hotel Overlook habitado por fantasmas que no envejecían jamás.

Miranda volaba con su mente mientras los demás hablaban y bebían café. El camarero que la había atendido aquella vez estaba de turno parado junto a la barra observando las mesas con la dedicación que solo tienen los camareros de antaño.  Se excusó para ir al toilette y cuando estaba por llegar, miró hacia atrás y lo vió. No tuvo dudas en ese instante, era Gustavo el que estaba solo frente a una enorme taza de café con leche y un libro enorme. A pesar de que aún mantenían una relación amena que había evolucionado más en lo fraternal que en lo sexual, no lo saludó, siguió caminando y se metió en el baño perturbada por su presencia. En la puerta del cubículo leyó: “Gustavo te extraño” y se sintió una idiota, se preguntó muchas cosas de las que nunca obtendría respuesta.

Miranda no se caracterizaba por ser una mujer cobarde pero había ciertas personalidades que la paralizaban, la de Gustavo era una de ellas. Era algo que había tratado en el diván de su psicoanalista sin llegar a ninguna conclusión. Salió de allí un poco más serena luego de mojarse las muñecas y el dorso de la nuca. Cuando volvió a mirarlo y él le correspondió se dio cuenta de que había cometido un error, era un extraño levemente parecido, Gustavo nunca había estado ahí aquella noche.

domingo, 7 de octubre de 2012

Visión Nocturna


Aquél habría significado un harén para Don Giovanni. Había mujeres de todos los tamaños y formas, de piernas largas, cortas, con más o menos curvas, grandes culos, grandes tetas, planas, angelicales, diabólicas; si a alguien se le hubiese ocurrido poner un puterío allí se habría convertido en el tipo más rico de la ciudad. Algunas muchachas llevaban pantalones que les marcaban el talle y los muslos, otras vestían faldas que si bien eran largas contenían sus cuerpos a presión, sobre todo a la altura de las caderas ya que las chaquetillas grises de los trajes apenas les legaban a la cintura, marcándoles forma de mujer como en las vestimentas de los 40´s, cuando los tailleurs estaban de moda. Pensé que tal vez cuando les dieron los uniformes eran más delgadas y habrían subido algunos kilos por el trabajo sedentario, de cualquier  manera esos kilos valían la pena, las transformaban en caricaturas vivientes de Divito.

Era raro ver allí alguna fea, o alguna gorda y las que lo eran, eran realmente espantosas, en el aeropuerto no existen los grices. La mayoría tenía “algo” que las distinguía y un color en las mejillas que las hacía lucir saludables como manzanas en primavera. La mayoría eran jovencitas de veintipocos, las había de pelo rojizo, rubio, moreno, con cejas gruesas o delineadas, con maquillaje recargado o natural. No necesitaban ser demasiado inteligentes para aquel trabajo, lo único necesario era estar en forma o poseer algún atributo especial.

En la sala de descanso pude conocer a Betty una hermosa rubia con el pelo por la cintura, no era natural pero era despampanante, tenía un bronceado envidiable y unas curvas para el infarto; también estaba Mary la que se parecía a Mila Kunis, tenía el pelo larguísimo pero castaño que terminaba en un gracioso riso rubio, era delgada pero bien formada y tenía facciones muy delicadas; por último estaba Luly, era la más fornida de todas, tenía unos senos enormes y un trasero legendario, su voluptuosidad era acentuada por su pequeña cintura, parecía una avispa.

Los pocos hombres que había eran homosexuales o tipejos desagradables. Recuerdo particularmente a uno con el rostro lleno de asquerosos forúnculos y rasguñones en la sien, parecía que su mujer lo hubiese apaleado la noche anterior, otros dos habían abusado tanto de la cama solar que parecían pollos rostizados. Algunos de estos personajes comenzaron a acosarme en sus ratos libres y lamentablemente los había muchos. Eran doce horas de trabajo nocturno en las que una panda de inadaptados intentaba seducirme. La pregunta era ¿porqué?

Si bien aún conservo mis piernas en buena forma, cuando se trata de trabajo las mantengo bien escondidas, no es lo mismo salir a beber a un bar un sábado a la noche que ir a trabajar con tipos que uno tiene que ver si no todos los días, día por medio. Me he mostrado una mujer de bajo perfil poniéndome maquillaje sobrio y hasta me llamaban la atención por usar demasiado poco (¿?) algo a mi juicio inentendibe. Además, los veinte ya se me han escurrido de las manos, hay carne más fresca y disponible por otros lados. Sin embargo, los hombres seguían persiguiéndome noche tras noche, mañana tras mañana. ¿Porqué, con tantas mujeres bellas a su alrededor me buscaban a mí?, no lo entendía, si todavía no había mostrado más que mis pantorrillas que asomaban por el trench coat y ni siquiera el cuello porque lo tapaba el pañuelo que por reglamento debíamos usar con el uniforme. No todas las chicas tenían mal carácter, las había fáciles y difíciles por igual, pero ellos siempre me buscaban a mí, simplona, sosa, aburrida. Por lo general siempre estaba leyendo alguna cosa o intentando comprender partituras de Beethoven, pasatiempos que no me convertían para nada en una mujer más sexy.

Fue a la segunda semana de usar las computadoras en los mostradores que decidí volver a usar mis lentes de descanso, tuve que hacerme unos nuevos porque los que tenía fueron destrozados por un gato que los terminó arrojando a una alcantarilla. Cuando me entregaron el nuevo par (una réplica exacta a los que usaba Anna Karina) los metí en seguida en el bolso decidida a estrenarlos aquella misma noche en el trabajo.

Al principio pensé estar viendo alucinaciones, o bien que el médico me hubiese recetado la graduación incorrecta. Si bien no veía borroso, ni más grande, ni más pequeño veía a las personas de forma diferente.  La primera sorpresa que me llevé fue cuando toqué el hombro de Mary para pedirle unas planillas, ni bien se dio vuelta me dí cuenta de que su rostro estaba lleno de arrugas y lunares enormes que jamás había visto, se le acentuaban las comisuras de la boca y algunas líneas en la frente como a una mujer mayor. Mary no debía tener más de veinticinco. Bueno, pensé, puede que no la haya visto con atención y por eso me haya pasado esto, siempre la había mirado de lejos y el astigmatismo no me había ayudado mucho.

La segunda visión sucedió durante el descanso, Betty entró a la sala mientras yo leía en uno de los sillones, ¡¿ésa era Betty?!, ¡por Dios, cuánto había cambiado! La Betty que yo conocía era una preciosidad, ésta era una chica con el rostro quemado por la lámpara solar y con el pelo arruinado por el peróxido. Estaba empezando a hilvanar una teoría que explicaba el porqué de los acosos.

Sólo me quedaba verificar si la tercera, la “bella Valkiria” seguía siendo como la recordaba. Busqué a Luly durante la próxima guardia, sabía que la vería esa noche, allí estaba, devorando papas fritas impiadosamente, abultando su figura a pasos agigantados y diciendo –todavía tengo hambre, ¿alguien tiene algo más para comer?-. Luly no era una nena de figura esquelética era una mujer con formas, pero tampoco era una mujer, alguien me contó que hacía poco había cumplido veinte años, recién había salido del colegio. Es decir que si no cuidaba sus atributos, se convertiría en una bola de cebo. El caso es que ella fue la única figura no distorsionada por mi mala visión, ella fue la única mujer real que había visto desde el principio.

jueves, 16 de agosto de 2012

La Peste



Me estaba quedando dormida en la sala de embarque del Aeropuerto de Narita, estaba completamente agotada después de haber visto el último concierto de Joni Mitchell la noche anterior. El vuelo de Tokio a New York todavía no se había anunciado cuando escuché la primera tos, venía de un par de asientos hacia la izquierda, era sumamente desagradable oír las gotas de saliva golpeando contra el reluciente piso de mármol. El tipo era enorme y muy feo, me recordaba a Charlie Marno, el protagonista de uno de los Cuentos de la Cripta. Me preguntaba quién podría soportar estar con ese hombre, tenía el rostro cubierto por diminutas venas violetas, los poros abiertos como platos y la piel enrojecida, era un verdadero asco. Lo peor es que tosía cada vez más fuerte haciendo un estruendo que estremecía a las ancianas japonesas sentadas entre el tipo y yo. Después de tomarle una primer radiografía mental volví a cabecear, pero en seguida me despertó el ruido de la flema en la garganta, el gargajeo, la explosión de nariz y boca y la saliva cayendo violentamente al piso. Una mujer muy elegante, vestida con un traje estilo marinero color rojo y zapatos náuticos al tono se acercó al hombre y le secó la boca con un pañuelo blanco, parecía ser su esposa. Muy tiernamente lo agarró del brazo y se lo llevó a caminar, así iban desde el freeshop hasta los asientos de la sala de espera mientras él tosía intermitentemente durante todo el camino. Cuando regresaron ella le siguió hablando, sin embargo él no le respondía ni la miraba jamás a los ojos, tampoco hacía esfuerzo alguno por dejar de toser o taparse la boca.

Había tanto silencio en aquel hall que casi se podía percibir el sonido de cada gota de esputo en las baldosas. Tal vez fuese porque los japoneses son personas parsimoniosas, tal vez porque el vuelo salía a las dos de la madrugada, pero el tiempo parecía congelado y la paranoia nipona de portar siempre esos barbijos blancos con los que se cubrían en casos de peste me daban escalofríos. Me sentía dentro de una película de horror de las buenas, de esas en las que hay asiáticas que saben torturar con agujas o fantasmas pálidos con largas cabelleras negras que te quitan el sueño durante una semana. Las viejitas a mi lado fueron las primeras en calzarse las máscaras, luego lo hicieron los ejecutivos que iban en primera clase. Como era un vuelo internacional iba plagado de rednecks de Wall Street y funcionarios del Fondo Monetario, había muchos desprotegidos ante la estrafalaria y tuberculosa tos del gordo Marno, como lo había apodado ya.

La tripulación comenzó a ingresar a la manga mientras un empleado regordete llamó por el altoparlante a los pasajeros que habían solicitado un previo ascenso a first. Los funcionarios hicieron cola y en unos minutos comenzaron a embarcar. Mi ticket era de los más baratos pero me puse de pie solo para alejarme del gordo que seguía tosiendo. La gente de la cabina principal se había amontonado como ganado esperando subirse al avión. Parecía que todos estaban urgidos por dejar Tokio atrás, como si se tratara de una catástrofe mundial. A mi lado una mujer se acercó cargando un cochecito de bebé doble con gemelos en el interior y dos enormes bolsos de mano; le ofrecí ayuda y aproveché para embarcar antes que el resto, luego fui directo a mi asiento en la fila 13.

Dormí un rato mientras todos se acomodaban y ponían sus cosas en los compartimentos superiores cuando el comisario de abordo me despertó:

     -  Disculpe señora, pero el vuelo se encuentra sobrevendido, tenemos a una importante comitiva de ejecutivos del Fondo Monetario a la que no le importa viajar en clase económica pero que necesita viajar en éste vuelo. Le ofrecemos un cheque por 500 dólares y un boleto en primera en el vuelo de mañana. ¿Qué dice?-
      - Estaré encantada pero que sean 700.-
      - De acuerdo, no hay problema.-

Me bajé del Boeing junto a un par de mochileros australianos que se alejaron enseguida. A pesar del cansancio y por alguna extraña razón yo me quedé a observar el despegue como si Charlie Marno, su puntillosa esposa y los gemelos fuesen miembros de una familia transitoria y bizarra que mi mente había creado en aquél lugar remoto.
Al día siguiente desperté tarde, muy tarde, llamé a Aerolíneas Transair y les pedí que en vez de enviarme a New York lo hicieran a Paris. El beneficio me permitió beber champagne, vino, sake y oporto hasta quedar exhausta en la lujosa poltrona individual.
Una azafata delgada y pálida me despertó antes de llegar para darme el desayuno. Le pedí un café negro para superar la resaca, enderecé el asiento y me ajusté el cinturón. El aterrizaje fue suave, ésa era la particularidad que más amaba de los 777´s.
Los pasajeros aguardaron casi una hora a que abrieran puerta, la gente de la cabina principal ya había retirado sus maletas de mano de las gavetas sobre los asientos y se agolpaba en los pasillos esperando bajar. En primera clase los hombres de negocios miraban sus relojes y reconectaban sus laptops y Blackberries. Finalmente una azafata se disculpó por las demoras y emitió el siguiente anuncio:  

- Estimados pasajeros de Transair, les pedimos disculpas por los inconvenientes ocasionados y les comunicamos que la demora se debe a una emergencia sanitaria recientemente decretada para todos los vuelos provenientes de Japón. Les rogamos tengan a bien aguardar en sus asientos, en breve se procederá a la apertura de puertas para el desembarco por la puerta G3 del Aeropuerto Internacional Charles de Gaulle.-

Tres horas después y con los motores apagados, el avión se había transformado en una lata pestilente. Los tripulantes seguían intentando sonreír y ofreciéndonos bocadillos con gaseosas calientes. Los ejecutivos japoneses estaban indignados, los franceses sarkocistas aún más. De pronto en medio del bullicio, otro anuncio:

      -  Estimados pasajeros de Transair, nuevamente les pedimos disculpas por los inconvenientes ocasionados. A pesar del esfuerzo realizado por la tripulación en pedirle a las autoridades francesas el ingreso a la terminal, el mismo ha sido denegado. Es decir que por exclusiva disposición del gobierno de Francia y en contrario a las reglas de aeronavegación, ésta aeronave deberá cargar combustible y retornar al aeropuerto de origen.- 

      El mensaje fue leído en japonés, inglés y francés al principio hubo un silencio sorpresivo, como de reflexión colectiva, luego los pasajeros comenzaron a sublevarse y a gritar. No hubo nada por hacer, las azafatas permanecieron firmes en sus posiciones intentando hacer entrar en razón a la gente, asegurándose de que todos tuviésemos los cinturones abrochados y los respaldos derechos antes del despegue. Las provisiones escaseaban porque a causa del inconveniente sanitario ni siquiera se le permitió al personal de abordo recargar los carritos de catering ni de bebidas para no tener que abrir las puertas en lo absoluto. 

      Así llegamos a Francia y así nos fuimos. Después de un vuelo pestilente en el que la gente no tuvo el decoro de dejarse los zapatos puestos, privilegiando el confort individual al bienestar común, llegamos nuevamente a Tokio.

    Cuando al fin pudimos salir de la aeronave y como si ya no hubiesen tenido suficiente, la mayoría de los pasajeros comenzó a formar fila para reclamar por el mal servicio mientras los empleados les explicaban que no habría compensaciones porque la cancelación había sido ajena a la empresa. Sentí tanta vergüenza que me calcé mis lentes oscuros y me alejé lo más pronto que pude. Después retiré mi equipaje, compré la edición del día de El País para saber qué estaba pasando y me subí al shuttle que me llevaba al hotel. Me quedé dormida en cuanto toqué el asiento (como suele sucederme). El chofer me despertó al llegar mascullando algo en japonés, creo que habló solo durante todo el trayecto. 

     Abrí los ojos al llegar y pude verlo, había cuatro ambulancias paradas frente al Marriott, gente tosiendo y con las manos manchadas de rojo entraba en ellas. Casi todos usaban barbijo, había letreros que nos obligaban a hacerlo bajo apercibimiento de no cumplir con la orden, ¡eso era lo que intentaba decir el chofer!

     Hice el check in y subí a mi cuarto pero no dejé que ningún bellboy me acompañara, necesitaba estar sola y poner literalmente los pies en el suelo. Todavía estoy aquí. Lo único que pude hacer fue tomar El País y ver en la tapa la foto del primer avión de Transair que estuve a punto de tomar, en la página 7 otra foto muestra algunos de los pasajeros, en ella se ve a Charlie Marno y a su esposa casi desfigurados y manchados de sangre. Pensé en los gemelos. En la nota dice que casi todos ellos murieron, que fueron los primeros en llevar el virus de Asia a Estados Unidos pero no los únicos, el mismo día llegaron otros 50 vuelos que desembarcaron en las principales ciudades de ese país. El artículo también dice que si no encuentran una forma de erradicar la peste, la primera potencia mundial desaparecerá.

domingo, 22 de julio de 2012

Noirmoutier




Llegamos a Noirmoutier poco antes del mediodía. Lo único que sabía del lugar era que se podían comprar mariscos deliciosos y que vendían una manteca elaborada con sal marina, gruesa que nunca faltaba en la mesa de las familias francesas. Yo era una visitante extraña, una mujer sudamericana, huraña que solo deseaba descansar, ya había tenido suficiente de charlas interminablemente aburridas por complacer a Jules y necesitaba unos días de silencio y de mar.

La casa me sorprendió, era una pequeña  finca construida en los años 50´s por Jacques, el abuelo de Jules. El chalet estaba bien provisto de todo lo necesario para pasar bien las vacaciones. En un mueble del comedor encontré oporto del mejor, cognac, jerez, vinos añejos y juegos de mesa como el Scrabble, el Monopoly, cartas y dados, sólo faltaba un tablero de ajedrez para convertirse en la despensa perfecta. Abrimos los ventanales, desempolvamos los muebles y fui a mi habitación a cambiarme de ropa. De repente sentí un alarido de mujer, nada alarmante, tenía una tonada jocosa, brasileña pero hablaba el francés a la perfección por lo que pude escuchar detrás de la puerta. No tenía ganas de ver a nadie, pero esconderme hubiese sido inútil y ridículo, así que salí. Vi a dos hombres y una mujer hablando animosamente con Jules parados en el jardín.

-Cariño, ella es Hulda, es del norte de Brasil. Su novio Remy y Steven, amigos míos.-
-Encantada. Sepan disculparme pero voy a terminar de arreglarme para ir a conocer la playa.-
-Por supuesto querida, no te preocupes, vamos todos juntos, hay más gente que quiero que conozcas allí. Te esperamos.-
¡Demonios!, pensé, el destino se empecinaba en hacerme ejercer una desagradable comedia donde los diálogos me resultaban tan estúpidamente forzados como en una película de Buñuel. ¿Cuándo llegaría la ansiada paz que necesitaba para escribir?



Salimos de la casa, caminamos solo unos cuantos metros hasta la playa mientras los amigos de Jules me preguntaban de dónde venía, cuánto tiempo estaría en Francia, si ya había probado el foi gras y el Pineau de Charantes y el resto de las cosas absurdas que suelen preguntar los franceses cuando recién te conocen. Venía escuchando el mismo discurso desde hacía dos semanas, aquellos tipos no tenían la culpa de mi fastidio así que les respondí brevemente pero con una mueca que simulaba una sonrisa. En la playa había como mínimo quince personas más, todos franceses amigos de Julien con sus esposas, entre ellos Demian, el tipo más atractivo que hubiese visto jamás. Tenía el pelo oscuro, por los hombros y se lo recogía en una cola de caballo; sus ojos eran azules como el mismísimo mar y su rostro era tan parecido al de Jared Letto que daba la impresón de estar frente al actor de Hollywood. Por desgracia a su lado estaba su mujer, Melanie, una bella francesa cuyas tetas me imaginaba enfundadas en un vestido de corte imperio como en el siglo XVIII, siempre que la veía me la imaginaba recogiendo flores en la campiña y dándole besos violentos, arrancándole la ropa y siendo sorprendidas por Demian. Melanie era una mujer de unos veinticinco, tan hermosa que no me daba envidia ni celos, solo deseaba compartir a su esposo en cualquier rincón y me hubiese bastado un revolcón con esa dulce pareja para sobrellevar toda la hipocresía que predominaba en Francia. Como de costumbre y como Damien era el tipo más encantador que hubiese conocido allí, era la única persona con la que podía conversar. Él se esforzaba por pronunciar frases en español y me preguntaba sobre la vida en Buenos Aires la diferencia con él era que sus preguntas partían de un verdadero apetito por conocerme. De pronto vi a Julien con la mano de Hulda acariciando una de sus piernas, yendo hacia sus testículos en plena playa. A mí me importaba un rábano lo que hiciera, éramos amantes y aunque él me dijera que se tomaba en serio lo nuestro sabía que aquello se terminaría ni bien embarcáramos en Charles de Gaulle. La brasileña lo toqueteaba frente a su novio, le sonreía y le decía lo mucho que se alegraba de verlo. Me contenté al pensar que la promiscuidad europea no estaba solo cristalizada en el cine, era real. Me disculpé un instante y me alejé hacia unas rocas, me senté en la arena a contemplar a unos niños jugando a armar castillos y a un perro enorme que corría por el borde de la playa. Me quedé allí, sintiéndome aliviada lejos de la multitud y de las molestas risotadas de Hulda, disfrutando de la soledad. El tiempo parecía detenido y el cielo era de un amarillo vainilla que se cernía sobre mí como un lienzo pintado por impresionistas. Bebí unos tragos de una petaca de whisky que traía en el impermeable y me tendí en el suelo a mirar las nubes. No sé cuánto tiempo pasó pero me quedé dormida, me despertó Jules ofreciéndome un mate lavado, espantoso que escupí con desprecio. Creo que estaba haciendo catarsis por el desagrado de los momentos a los que me había sometido, pobre Jules con su mirada de sorpresa y el escupitajo en sus zapatos.

-Volvámos, se está haciendo tarde y aún no almorzamos. Creo que podemos dormir una siesta antes de que llegue mi tío Jean Michel.-
- De acuerdo, en realidad no tengo hambre pero me tomaría una de esas cervezas belgas que trajimos de Nantes.-
- Ah, olvidaba decirte que esta noche tenemos un compromiso, hacen una fiesta en la casa de Hulda, va a haber hachís y mucho para tomar, creo que podríamos pasarlo bien, yo puedo llevar la guitarra y tocar un poco de mi repertorio.-
- Ok, dejámelo pensar, ¿si?-
Su propuesta sonaba divertida porque sabía que allí podría ver a Damien, fumar el mejor hachís y beber el mejor whisky, si tenía suerte mi fantasía del menaje a trois podría realizarse, pero eso significaba  que debía soportar el espantoso repertorio de Jules.  Él se consideraba músico, lo cual me hacía mucha gracia, siempre se equivocaba en los acordes y pretendía cantar tango con voz afeminaba, por lo que siempre lo reprendía. Eso me enfermaba.

Me tumbé en el sofá a mirar un libro sobre el mundial de fútbol Argentina FIFA 1978, se veía interesante, las fotos eran impecables y me pareció una rareza encontrarlo justo en ese lugar. Me serví un poco de oporto y Jules cocinó una ensalada con jamón crudo, lechuga morada y papas fritas cubeteadas. Lo mejor fueron las cervezas Grinbergen, no podría olvidarla, lo mejor que había probado en años junto al pan con manteca y granos de sal marina.

Fuimos a dormir una siesta, Jules quiso hacerme el amor pero había bebido bastante y con el sopor que teníamos a causa del viaje, el alcohol y el mal clima se quedó profundamente dormido casi al instante. Me desperté a las siete y media, tomé el libro de Proust que había colocado estratégicamente en la mesa de luz y leí hasta que Jules despertó. Volvió a insistir con lo del sexo, pero lo aparté y me fui a tomar una ducha. Parecía imposible despertar, el aire de mar era agotador, me dolía cada vez más la espalda, solo quería volver a dormirme. Jules se levantó y fue hasta la cocina o a preparar no sé qué cosas mientras yo volvía a meterme en la cama.

Cuando me di cuenta ya eran las doce menos cuarto. Salí al jardín para fumar un cigarro armado con tabaco alemán, mitad rubio, mitad negro, saboreaba el humo mientras sentía el frío en el costado rapado de mi cabeza. Espiaba a Julien en el interior de la casa, por los ventanales, tocaba su guitarra, se sentía grande. Cuando entré en la sala insistió en tocar para mí después de cenar, desafortunadamente no pude negarme. Así que tomamos una sopa de huitres con pan, manteca salada y vino, seguimos con el oporto y justo cuando Julien se disponía a tocar los primeros acordes sentimos las luces de un auto que estacionaba en el frente de la casa, era Jean Michel.

La familia de Julien me había hablado mucho de aquél tipo, se decía que era un adolescente de cincuenta y tantos años, que estaba casado pero que tenía amantes discretas con las que iba a la casa de Noirmoutier. Aquella noche la damisela de turno era Aurélie, una bella abogada belga de unos cuarenta años, pero de una apariencia tan frágil que le daba a la piel de su rostro un aire de anciana prematura. Cuando los vi entrar quedé fascinada con Jean Michel, era un tipo de un metro setenta, con cabello gris y unos lentes de marco redondo. Lo que más me llamó la atención fueron sus zapatillas azules de lona, ¡decían tanto de él! Aurélie, entró encorvada, tomándose de la cintura con gestos de dolor, él la ayudaba a caminar. Julien me había contado que hacía unos años ella había sufrido un accidente y que debió someterse a varias cirujías  en la columna. A pesar de aquel dolor que la hacía parecer una mujer veinte años mayor, Aurélie era esbelta y elegante, tenía unas botas color tabaco y el pelo platinado, recogido en un moño que le daban un aspecto de diva me recordaba a Kim Novak en Vértigo.

Tomamos asiento en la sala de estar, junto a la chimenea, bebimos un poco de whisky mientras Julien tocaba algunos temas de Jobim, hasta que comenzó a rasguear un tango y en la primera estrofa con su registro afeminado se equivocó la letra. En seguida canté sobre la melodía creando una especie de canon, de pregunta-respuesta en la que mi voz sonaba más masculina que la de él. Intentaba enseñarle el sentimiento de arrabal pero era una tarea imposible. Su delicadeza era tal que daban náuseas escucharlo arruinar un tema de Discepolín.

-Bueno, se está haciendo tarde, creo que tendríamos que ir a la fiesta de Hulda, ¿vamos?-
-La verdad querido, me siento algo fatigada, no sé si será por el viaje o por el aire de mar, pero no puedo dejar de dormir. Andá tranquilo, no voy a aburrirme, tengo suficientes libros, licor y algo de hachís en mi bolso.-
-Está bien, voy a ir a ver a mis amigos y más tarde regreso.-
-Bien, disfrutálo. Ahora, si me disculpan me retiro a descansar.-
- Adiós querida, hasta mañana.-
-Hasta mañana.-

Salí al patio a fumar y vi la silueta de Julien alejarse en la bruma, hacia la playa.
Me quedé leyendo en la cama, bebiendo y fumando hierba un buen rato. Comencé a quedarme dormida y en un momento comencé a  escuchar los gemidos de Jean Michel y Aurélie. Los oía mientras volaba en una nube de sopor, ida, ya casi en otro planeta. Alguien tocó a la puerta. Pensé que sería Julien, pero era raro que volviese tan temprano de la fiesta, además tenía las esperanzas de que se quedara allí durante toda la noche y me dejara dormir tranquila. Mi habitación estaba fuera de la casa y tenía un baño propio, al lado estaba la de Aurélie que sí estaba conectada el resto de la casa, el comedor, la cocina, el baño principal y la planta alta. Yo estaba tan alterada por el hachís y el alcohol que fui hacia la puerta, caminando en la oscuridad. Sentí un beso de fuego, unas manos, el perfume de la piel de un hombre, tomé su cabeza con mis manos y mis dedos se enrollaron en su pelo largo, ¡Damien! No dijimos nada, me tumbó sobre la cama y comenzó a succionar mi sexo, bebió de mí, me penetró, me dio la vuelta, lo hicimos acostados, de pie, de rodillas hasta ya no poder más.

La luz del sol me despertó a las nueve, Julien dormía como un tronco, tenía un olor muy desagradable, probablemente el olor de Hulda o de Remy, o de los dos. Salí al patio a fumar y me encontré con Jean Michel y Aurélie tomando café, me ofrecieron uno. Me resultaban tan  agradables que me quedé conversando con ellos. Se podía hablar de lo que sea, no tenían prejuicios. El problema de los franceses era su juventud, los encontraba fascistas, engreídos, soberbios, machistas, la gente mayor como Jean Michel era diferente, pertenecían a otra generación, veían el mundo de otra manera. Así me sentí también con Aurélie, aunque ella me resultaba odiosa por momentos en los que se ponía demandante porque necesitaba que le alcanzáramos prácticamente todo y se quejaba de muchas cosas, pero me enternecía porque pensaba en su dolor y en su rol de amante, escondida en la habitación de huéspedes.

El sol comenzaba a quemar, parecía primavera, el frío no se sentía.  Julien se despertó y me pidió que lo acompañase a hacer compras para el almuerzo. Fuimos hasta el puerto a comprar mariscos para hacer una sopa y un par de platillos más de los que no recuerdo el nombre. El auto zigzagueaba por calles antiguas y angostas de doble mano, nos topamos con la iglesia y el diminuto cementerio del pueblo, los comercios eran pequeños. Una mujer salía de la panadería con tacos aguja, enfundada en un talleur a pesar de que era domingo y de que había comenzado a caer una lluvia fina pero persistente. Me di cuenta de que las francesas no conocen impedimento alguno para ostentar sus credenciales de belleza, en el país donde la apariencia lo es todo.

Los hombres prepararon el almuerzo mientras en el comedor Aurélie y yo conversábamos sobre la vida, se reía de cualquier cosa, pero no me parecía idiota, me parecía una mujer que necesitaba ser feliz y que tomaba las ocasiones que se le presentaban para lograrlo, estar con Jean Michel era una de ellas. La esposa de él siempre estaba ausente, viviendo sus aventuras en algún rincón de Guyana y Jean-mi necesitaba una mujer. El almuerzo fue una delicia: sopa de ostras con cebollines, pan, manteca salada y vino blanco. Cada bebida tenía su historia y Jean Michel nos la contaba con suma paciencia. Me hubiese gustado acostarme con el viejo de tener la ocasión, creo que me hubiese sentido bien, era un tipo encantador, me recordaba un amante con el que había estado poco antes en Vermont, tenía su edad y hasta ese momento había sido la experiencia sexual más gratificante que había tenido, el Dom Perignón de los polvos.

Después de la comida, el café y la sobremesa me retiré a mi cuarto. Julien se había ido a lo de Remy a estudiar guitarra. Afuera seguía cayendo la lluvia, el clima de mar era extenuante, me resultaba prácticamente imposible permanecer despierta durante el día, necesitaba dormir y reposar mis músculos, me sentía agotada.

Cuando desperté volví a tomar el libro de Proust, pero me aburrí pronto. Tomé mi impermeable, me calcé las botas y me fui a caminar por la playa. Mientras andaba por la orilla escuchando a Dexter Gordon en mi reproductor, sentí una mano en mi espalda, me di la vuelta y vi a Damien sonriéndome. Me besó fuerte en los labios y comenzamos a andar por ahí, estábamos solos, a lo lejos sólo se veían los pescadores en sus botes pescando bajo la llovizna. Charlamos un poco, le pregunté por Melanie, me dijo que se había quedado con su hijo, el pequeño Greg y que él necesitaba salir, para despejarse, que le gustaba caminar por la playa en días lluviosos. Coincidíamos en el hartazgo hacia las charlas sin sentido que se mantenían en el círculo de amistades de Julien y por él pude enterarme de algunas cosas que explicaban los manierismos de mi querido amante. Durante la fiesta, la noche anterior, Julien se había acostado con Remy y le encantaba practicar sexo oral a un tal Gerome desde la adolescencia. Damien lo sabía porque habían hecho el bachillerato juntos. Yo era una coartada perfecta para disimular las preferencias sexuales de Julien, el pobre sentía pavor a salir del closet. Por su parte Melanie con su rostro angelical gustaba de pasar las noches con Hulda y Remy. Él único que se quedaba fuera de las fiestas era Damien, a veces encontraba consuelo en la mujer que había visto salir de la panadería, la misma del talleur y los tacos aguja, era la única puta del pueblo, una puta cara que trabajaba en París y vacacionaba en Noirmoutier. Sentí compasión por él y lo llevé hacia un molino que había detrás de la playa, bajé su pantalón y comencé a succionar su miembro, él gemía y decía una serie de cosas en francés que no llegaba a comprender. No lo hicimos porque ya se hacía tarde y en Francia son muy respetuosos de dos cosas: los horarios y las apariencias, se defecan en la honestidad y en el respeto pero todos deben parecen perfectos, llegar puntuales, tener una mujer, un hijo, un trabajo respetable, una casa de vacaciones y un auto.  

Cuando llegué a la casa, los hombres ya estaban cocinando. Me llamó la atención que las puertas y ventanas estuviesen abiertas de par en par a pesar del frío, hasta que observé un humo negro que salía de la chimenea. Aurélie descansaba en el sofá de la sala, cuando le pregunté qué sucedía soltó una carcajada.

- Es que Jean Michel intentó encender el fuego y como no sabe hacerlo pudo demasiado kerosene , ya lo ves, es como un enfant.-
- ¡Hombres!- dije, y ella me entendió soltándome una mirada cómplice.

Bebimos  cerveza belga en su honor y conversamos de lo que habíamos hecho en el día. Les comenté acerca de mi extrema fatiga y me contaron que era normal, todos se sentían así en Noirmoutier y era justamente eso lo que les gustaba del lugar, era un sitio de reposo. Por eso Jean-mi le había ofrecido a Aurélie pasar unos días allí, supuestamente el aire de mar le haría bien a sus dolores de espalda y la alejarían del stress de su trabajo como jueza en Bruselas. Bebimos Pineau de Charantes, escuchamos la historia del destilado de cognac que nos contó él y jugamos Scrabble hasta las tres. Ya estábamos lo suficientemente borrachos como para ir a dormir, así que me despedí de todos amablemente y volví a mi habitación, Julien me siguió. Nos metimos en la cama, él me abrazó, bajó su mano por mi entrepierna y lo detuve, sentí náuseas. 



-Lo siento, no puedo hacerlo, hay algo de lo que debemos hablar.-
- ¿Qué cosa?-
- Presiento que las mujeres no son lo tuyo, creo que deberías…ya sabés, serme un poco más sincero.-
- No entiendo.-
-Vamos Julien, sabés perfectamente de lo que te estoy hablando, mi líbido está por el suelo y es porque a mí me gustan los hombres. Sé que anoche estuviste con Remy y con Gerome en la fiesta.-
- Sí, estuvimos bebiendo y tocando la guitarra.-
-¿Lo ves?, es inútil, lo hablamos en otro momento, pero por favor, no insistas en volver a tocarme, creo que estamos en universos diferentes.-
- Mi amor, te estás equivocando.-
- ¡Al diablo!, no me llames así, yo no soy el amor de nadie, esto me parece completamente absurdo. Hasta mañana.-

     Julien se quedó dormido a los cinco minutos, toda aquella escena no le incomodaba en lo más mínimo, estaba tan acostumbrado a fingir que hacía cualquier cosa para seguir sosteniendo la comedia de una relación incipiente delante de los demás. Me senté en la cama y volví a retomar el libro de Proust. Al lado volví a escuchar los gemidos de Aurélie y Jean Michel y me alegré por ellos. Me imaginé que a unas cuadras de distancia Damien dormiría solo o tal vez le contara un cuento al pequeño Greg. Hulda estaría con Melanie, así como Remy estaría con Gerome. Todos tenían con quien hacer el amor, menos yo. 



     Salí al jardín a fumar un cigarro y me escapé hacia la playa, en la oscuridad pude ver una silueta, Damien parecía esperarme, estaba sentado en un banco de madera, envuelto en una manta sintética y bebiendo un vino dulce. Parecía feliz de verme, nos quedamos conversando, besándonos de a ratos, compartiendo una noche estrellada y el viento del mar que nos pegaba en el rostro. Hacía frío, pero ambos necesitábamos de compañía. Al día siguiente debía regresar a París y después a Buenos Aires, él prometió venir a verme y dedicarme tiempo aunque viajase con su familia. Nos despedimos como dos adolescentes en celo, nos frotábamos, nos besábamos, nos tocábamos. Esa fue la última vez que lo vi.

    La mañana siguiente los cuatros habitantes del chalet de playa nos reunimos a desayunar antes de la despedida. Tomamos un par de fotografías en el jardín, el sol brillaba sobre el cabello de Aurélie, ella sonreía, Jean Michel la miraba cautivado por su belleza. Eran la pareja más libre y más afortunada de Noirmoutier.



miércoles, 6 de junio de 2012

Celina


Son las 12.30hs de un día de semana, Celina y Pierre esperan a que se desocupe una mesa en la barra de una posada vasca de la Rue Cinq Diamants de Paris. Hace poco tiempo que están juntos, por eso él le dora la píldora diciéndole que es la mujer más bella del mundo y que nunca en la vida había conocido una mujer tan perfecta. Celina es un témpano porque sabe que su conducta vuelve loco a Pierre, él se siente cada vez más urgido de tener su aprobación, de satisfacerla, de ser el objeto de su deseo.
El lugar está repleto, dos camareras van y vienen y Celina se ha percatado de que hay una en particular que captó la atención de su partenaire. El no deja de mirarla mientras ella se pasea de un lado al otro llevando trastos sucios y botellas de agua para los clientes. La muchacha se parece a un retrato de Renoir, tiene el cabello rubio y opaco y la piel tan blanca como la leche, casi todo lo contrario a Celina que tiene un cutis dorado, pero no demasiado y el pelo negro y brilloso que cae sobre los hombros como una especie de Lauren Bacall de las Pampas.
El lugar está repleto, se escuchan ruidos de platos, cucharas, botellas, voces en todos los idiomas. El bartender les hace una seña, en el fondo unos turistas alemanes desocupan una mesa para dos. Celina se sienta y observa por un espejo como Pierre sigue cada movimiento de la camarera,  no ve en la chica la menor gracia ni atractivo y se siente segura de su sensualidad y belleza pero la perturba la situación. Le molesta enormemente el descaro de Pierre, pero no se lo dice, soporta minuto a minuto la farsa mientras mantiene una conversación superflua. Los atiende la otra mesera, les trae la carta pero ambos tuvieron tiempo de seleccionar el menú cuando estaban en la barra. Eligen la ensalada especial de la casa, una botella de agua y un vino tinto, nada extraordinario.
Celina nunca se aburre, su encanto es tal que en cuestión de segundos y sin hacer nada consigue captar la atención del barman. El tipo es alto, esbelto, calvo y muy masculino, tiene las cejas gruesas, una belleza española. De pronto él se acerca en dirección a la mesa donde la pareja está comiendo, toma una harmónica que uno de los clientes de al lado llevaba en la mano y toca la melodía de The good, the bad & the ugly mientras le guiña un ojo a Celina. Ella le sonríe, pero Pierre está tan ocupado comiendo la ensalada y persiguiendo con la vista a la camarera que no logra percibir la situación.
En su cabeza Celina conversa consigo misma, busca encajar a Pierre en algún estereotipo, sin sudas esta frente a un hombre infiel, compulsivo y posesivo. Mientras termina de comer lo observa con detenimiento, sus manos, sus gestos, su mirada. Él continúa en su pasatiempo, Celina quiere hablarle pero no sabe bien qué decir, él está demasiado distraído, embobado por la muchacha regordeta que va y viene con las botellas. Finalmente encuentra algo. 
-No crees que existe un standard de belleza que a todos nos fascina?, me refiero a un determinado tipo de persona que te gusta y que es la misma que vez en todos lados, en cualquier rincón del mundo. Una misma nuca, un mismo color de piel, un mismo corte de cabello, solo que con ojos diferentes.-
-¿ De qué hablas?-
-Me refiero a que hay un tipo de hombre que me gusta y que es el mismo hombre que veo caminar por Paris, por Nueva York, por Buenos Aires, el mismo tipo , que es físicamente idéntico y que me da la sensación de encontrarlo en cualquier ciudad del mundo.-  
-¿Ese hombre es como yo?-  
-No precisamente, bueno, estoy hablando de un tipo de belleza no de alguien en particular. ¿Vos no tenés un ideal de belleza femenino?- 
-Por supuesto, ¡sos vos!-
-Basta Pierre, ya no te soporto, te estoy hablando en serio.-
-Pero, te digo la verdad.- 
-Ok. -
(Silencio)
Se siente un poco culpable de haber dicho aquello, pero no quiere sentirse amenazada por ningún sentimiento romántico.
Terminan de comer, la camarera se acerca para saber si van a ordenar un postre, pero ambos se deciden por un café. El clima está tenso, Celina le dice a Pierre que saldrá a fumar mientras preparan el Ristretto.
Sale a la calle, el barman está allí saboreando un pitillo. No dicen una palabra, solo se miran, él la toma por la cintura y la besa apasionadamente, la aprieta, ella puede sentir su sexo rígido, toma su pija para comprobar qué tan dura está, la aprieta y lo vuelve a besar.  Después de unos minutos ella se aparta y enciende su cigarro, no desea nada más que fumar y volver a entrar para no despertar sospechas. Cuando entra se dirige al baño que está detrás del salón contiguo donde Pierre no puede verla, un español sentado con un grupo de amigos le dice “guapa”, ella le responde –gracias- va directo hacia él y le lame la boca y se va. El tipo se queda pasmado. Celina entra al toilette con la moral  un poco más fuerte, ahora sí vuelve a ser ella misma. Se sienta en el inodoro y le entran ganas de cagar, entonces  se acuerda del Marques de Sade y se le ocurre una idea genial. Toma un trozo de papel y caga sobre él, el excremento es duro, oscuro, pequeño, perfecto. Lo envuelve, lo apoya sobre el lavabo se enjuaga las manos y se retoca el maquillaje. Toma el paquetito y vuelve a la mesa.
Cuando llega ve a Pierre hablando de cerca con la camarera rubia, la está chamuyando mientras ella le sirve el café. Celina la mira con odio, se sienta, y la chica se va de inmediato. 
- Dit moi Pierre, ¿me amas?- dice Celina con una sonnrisa.
- Claro que sí, sabes que eres la mujer más hermosa del mundo y que haría cualquier cosa por ti.  
-¿De verdad?, cualquier cosa?-  
-Por supuesto mi amor.-  
-Entonces tengo que comprobarlo.-
      Celina toma el paquete que escondió en su asiento y lo pone sobre la mesa.   
-¿Qué es esto?-
-      Es una sorpresa, quiero que hagas de cuenta que es un gâteau au chocolat y que te lo comas mientras tomas el café, quiero que lo hagas con placer para que nadie se dé cuenta y que me digas que te encanta porque es mío y porque me amas más que nadie.-
Pierre abre el papel, no puede creer la perversidad de Celina. Toma un sorbo de café, mira el trozo de excremento, levanta los ojos hacia ella y se mete un pedazo a la boca, mastica, quiere levantar la taza para tomar otro sorbo de café pero Celina le dice que no, lo traga, sigue comiendo hasta que lo termina. Ella esboza una sonrisa, disfruta el momento, se regocija pensando que Pierre es un cerdo y que ella finalmente lo ha domado. No puede evitarlo suelta una carcajada y todos empiezan a mirarla, se ríe cada vez más fuerte.

jueves, 26 de abril de 2012

La Ceremonia


Lavábamos los platos en casa de Pablo después del almuerzo, era sábado a la tarde y el sol se filtraba por el ventiluz. Nos hubiésemos preparado para recostarnos a leer en el sofá de no ser interrumpidos por el sonido del timbre y el bullicio de voces infantiles, maullidos y ladridos en el pallier.

Fernando y Eleonora cruzaron la puerta escoltados por sus dos hijos que saltaban detrás llevando globos de helio que flotaban en el aire caliente del comedor.  La nena tenía un hermoso vestido blanco que resplandecía como la nieve y acababa en un ruedo de brodery, su hermano vestía del mismo color, los dos muy elegantes y pulcros, como prestos a asistir a alguna ceremonia importante. Los acompañaban fielmente siete mascotas sin correa, tres perros y cuatro gatos de distintas razas y colores. Probablemente llegaran de un cumpleaños, pero porqué llevar consigo a los animales?. La situación era bizarra e inexplicable, aunque me resignó la idea de que por cortesía y protocolo a veces solemos tolerar cosas peores.

El hermano de Pablo le susurró algo en el oído y tomándolo del brazo, lo condujo a la cocina. Los dos hombres se quedaron allí, charlando en secreto. Fernandito y Amanda correteaban como de costumbre y los gatos los perseguían pisándoles los talones e intentando saltar sobre los globos; no así los perros que se habían recostado en fila aprovechando un mismo rayo de sol que se proyectaba en el parquet.  Eleonora y yo nos sentamos en la sala. Ella sonreía ofreciéndome una taza de té mientras me indicaba que me sentase en el sofá. De alguna manera curiosa habíamos invertido los roles, ella se había transformado súbitamente en la anfitriona y desplazándome a la posición de visitante. Me inquietaba un poco su actitud, pensé que tal vez hubiese problemas con su departamento y necesitasen quedarse con nosotros unos días o estuviesen por irse de viaje y querían que Pablo y yo cuidemos de sus mascotas.

Dejé enfriar mi taza de té para beberlo todo de un sorbo, mientras conversábamos sobre temas superfluos como compras y vestidos. Eleonora insistía en que beba mi infusión como si tuviese algún apuro .En el aire había estática, un rechazo mutuo se percibía entre las dos. Ella me odiaba por mis ideas, yo a ella un poco por carecer de un alma. Observé una expresión vil en su rostro que me heló la sangre y cerré los ojos cayendo exhausta e inexplicáblemente sobre el respaldo de jackard.

No recuerdo bien en qué momento me venció el sueño, si fue por el té o por la soporífera y superficial conversación. Solo recuerdo que me soñé en un quirófano y que los familiares de Pablo oficiaban de cirujanos. Cuado desperté fui hasta el baño para lavarme la cara. Estaba algo mareada y me costaba saber si aún soñaba o estaba realmente despierta. Por un instante tuve la impresión de que no había nadie más en la casa, pero fue solo hasta que vi los globos rojos colgados en el resplado de una silla y los zapatos de charol de Amanda con los zoquetes con puntilla dentro. Observé entonces que aquella tarde de verano me resultaba infinita, tal vez porque el grado de luz que invadía los ambientes conservaba la misma intensidad que al momento en que nuestra calma había sido interrumpida por las inesperadas visitas.

Dos parejas adultas, dos niños y siete mascotas son demasiada gente para compartir un departamento de cincuenta metros cuadrados, no obstante, no se sentían olores ni ruidos que perturbasen la quietud de la casa. No tenía ni una razón puntual para pedirles amablemente que se retiraran, así que debía pensar en algo. En estas ocasiones solía recurrir a artilugios tales como sutiles como bostezos que insinuaban un supuesto cansancio o un par de caricias a Pablo, lo cual podía traducirse en un deseo (generalmente inexistente) de tener intimidad con él, en ese caso mi cuñada le guiñaría un ojo a su esposo y se retirarían con los niños cinco minutos después.  Pero éste no era un sábado convencional, la atmósfera estaba pesada, todos actuaban de manera extraña y el tiempo se había suspendido, la casa completa parecía estar encerrada en una esfera de cristal.

Atravesé el comedor en dirección a la cocina, sentí mis pies descalzos apoyarse sobre la madera tibia y la espalda empapada y febril. Me invadió la curiosidad por saber qué estarían haciendo todos en un espacio tan pequeño, tal vez le estuviesen enseñando a los niños a preparar un pastel, pensé. La puerta estaba entreabierta y por el hueco podía ver a Fernando vestido con un delantal de cocina blandiendo un cuchillo, Pablo estaba a su lado y lo miraba en su faena como aprendiendo una importante lección. Eleonora y los niños también estaban allí aunque fuera de mi campo visual. Susurraban.

Empujé la puerta muy despacio para no interrumpir lo que estaban haciendo. Pablo me sonrió y con un ademán me invitó a entrar y a pararme más cerca para observar mejor mientras pasaba su mano por mi cintura. Fernando sostenía a uno de los gatos, uno rubio, muy joven, de mirada enorme e inocente. El animal recostado sobre la tabla de cortar fiambres no oponía resistecia, parecía calmarse con cada caricia de su dueño, levantaba los ojos para mirarnos con una expresión tierna mientras toda la familia le respondía el gesto de ternura con sus sonrisas estáticas. De un súbito golpe Fernando le arrancó la cola que fue a parar sobre los platos enjabonados, el animal se soltó y corrió como un rayo hacia el patio interno. Eleonora tomó uno de los perros solo un poco más grande que el gato y comenzó a quitarle las orejas, cuando acabó también  lo dejó correr hacia el patio. Los niños miraban la escena entusiasmados, hasta se ofrecían a ayudar, a mí me paralizó el espanto, no llegaba a comprender el sádico espectáculo.

 El tercero fue otro perro, el más pequeño esta vez, la pareja le quitaba las partes de piel que tenían manchas de pelo de diferente color, así le arrancaron una porción de pelaje de la cabeza, la espalda, las patas y le quitaron la cola,  luego lo dejaron ir. La testa negra de un Boston Terrier cayó sobre el fregadero que en ese momento estaba lleno de piel y pellejo. Amanda se acercó a su padre y le pidió la cabeza para jugar mientras se alejaba saltando y canturreando, la tomó sonriendo entre sus manos y se la llevó afuera para mirarla mejor mientras la sostenía en alto.

Los animales no chillaban, o yo no podía escucharlos, parecían sedados, (como yo?) apenas se mostraban molestos y todos compartían la misma expresión naif en la mirada, no era tristeza sino compasión hacia sus dueños mientras éstos los preparaban para descuartizarlos parsimoniosamente, en cuotas. Así, uno a uno fueron trayendo de nuevo a los animales heridos, para acomodarlos en el improvisado cadalso. Los bichos deambulaban por el patio lamíéndose la sangre que les corría por las patas. La escena transcurría en silencio, pero en absoluta armonía y dicha familiar, como si en vez de estar descuartizando a sus mascotas estuviesen jugando al Estanciero o cantando canciones de María Elena Walsh. O tal vez cantaban y el pánico me impedía escuchar.

Fingí ir hasta el baño y planificándolo todo con un par de miradas busqué las llaves y me calcé las zapatillas. Le dije a Pablo que salía a comprar algo pero ni siquiera pude escuchar mi propia voz. Su rostro cambió violentamente y la expresión de gozo y serenidad con la que había estado presenciando aquello fue reemplazada por otra de absoluta ira,  le hizo un ademán con la cabeza a su hermano señalándome mientras la boca de Eleonora pronunciaba mudas palabras. Mi cuerpo se movía con lentitud y pesadez, como si estuviese en el espacio intentando salir por una nave espacial. Bajé la vsta hacia el suelo, como buscando algo y pude ver como un fino hilo de sangre bajaba por mi frente tornándose cada vez más espeso. Pegado a la pared de la sala y muy sigilosamente el gatito rubio se acercaba hacia mí, mirándome con sus enormes ojos. En un parpadeo pude contemplar a la familia parada frente a mí, observándome con ojos voraces, los niños de blanco y manchados de sangre, Amanda sosteniendo la cabeza del perro negro, Eleonora inmóvil con una sonrisa falsa en los labios y su mirada asesina y Pablo yendo hacia la habitación con Fernando.

Me agaché como pude, la cabeza me daba vueltas, tomé al gato y bajé las escaleras corriendo mientras lo sostenía junto a mi pecho. Atravesé el jardín comunitario con prisa y desesperación, ya casi llegaba al portón cuando voltée para mirar hacia la casa, los dos hermanos se asomaban por el ventana. Fernando le daba indicaciones a Pablo que sostenía una escopeta apuntando directo a mi cabeza.

viernes, 2 de marzo de 2012

Su goma de mascar


Esa tarde hubo un cambio de planes, papá me pasó a buscar  por el colegio en un Ford Fairlane azul acompañado por José y una rubia con aspecto mundano. La situación me parecía surreal e indebida, se suponía que era mi madre la que vendría, iríamos a una galletitería a comprar un cuarto de Roccocos y tomaríamos leche tibia mientras me dejaba mirando a Lucille Ball frente a un televisor blanco y negro. Mi padre, en cambio, siempre me ofrecía alternativas más tentadoras a la opacidad de la rutina materna, lo que me parecía siempre más instructivo que el universo prefabricado de la televisión. 

El asiento del acompañante siempre estaba reservado para mí, yo era su princesa escolar y me gustaba lucirme en los modelos nuevos que mi él conseguía. Los cambiaba cada vez que se presentaba la ocasión de hacer un buen trato o de remplazarlos por algo más extravagante. Así fue como tuvimos un Boogie sin capota con el que nos agarró una tormenta en la Costanera o una imitación del auto de James Bond que compró destartalado y que terminó vendiendo por un tercio de su valor cuando la situación apremiaba.

A José lo conocía desde siempre, era un taxista divorciado, un paria que pasaba sus días en los bares de Constitución tomando café y leyendo el suplemento deportivo del Diario Popular. Supongo que de esa amistad surgió la costumbre casi religiosa de mi padre de tomarse un cortado después de almorzar. Lo que no sabía era quién era esa mujer, era la primera vez que la veía y a pesar de su apariencia de mina fácil, de su minifalda negra y del exceso de maquillaje escondía en la mirada algo muy profundo, una melancolía intrigante. En ese preciso instante comprendí cuánto me habían engañado al criarme en un mundo donde las apariencias son la carta de presentación, supe que podía ver más allá, como si las personas fueran diapositivas transparentes.

Supuse que era la amante de José. Por el espejo del retrovisor los veía manosearse como dos adolescentes, él le besaba el cuello, ella lo detenía, tal vez para guardar un poco las formas ante mi presencia y mi curiosidad. Ella le llenaba la cara de saliva y lápiz labial. Papá conducía por la autopista, cruzó el puente que separa La Boca de Dock Sud y aunque insistí en preguntar hacia dónde nos dirigíamos, las respuestas fueron vagas y determinantes – Vos quedate tranquila, la vas a pasar bien- o -¿alguna vez la pasaste mal con papá?-

Nos detuvimos en una estación de servicio a cargar nafta. Los dos hombres se pusieron a charlar mientras Silvia, la extraña mujer intentó socializar conmigo. Su voz derrochaba tristeza, hacía un esfuerzo por mostrarse alegre, intentaba sonreír, pero había algo en su semblante que la convertía en la mujer más triste que había visto jamás. Para mí era edificante hablar con una puta, aunque supongo que ella pensaba que era una niña inocente, yo lo sabía casi todo, lo había aprendido de los videos de mis padres y de las sucias revistas de Playboy y Sex Humor que escondían debajo del colchón. Ella me hacía preguntas sobre el colegio, o las tonterías de las que se le suele hablar a los chicos de seis años, yo tenía ganas de preguntarle todo sobre su vida, pero a esa edad no tenía las agallas, ni encontraba el modo de bucear en las intimidades de la mente adulta. Me conformaba con saber que a escondidas podía leer los artículos de la revista Emanuelle sobre psicología y sexualidad como una pequeña voyeur.

Las dos nos subimos atrás, por momentos había silencios, bonitos silencios en los que ella me acariciaba el pelo, las ventanillas estaban abiertas, ella miraba los pastizales, había mucho sol y la ventisca le volaba el pelo suelto y rubio. Me convidó un chicle de tutti frutti, primero lo rechacé, tenía constantemente la imagen de mi madre en la mente, reprendiéndome por las cosas que se suponía que debía o no hacer, me autoreprimía respetando sus imposiciones aún cuando estaba ausente. Mascar chicle era una pequeña transgresión, después de todo ella no estaría allí para verlo. Silvia mascaba con descaro, con la boca abierta, sexy, hacía globos que después explotaba con los dientes y solo se detenía en su juego para fumar. Me parecía genial llegar a ser así, tan libre tan sensual, me daban ganas de apurarme y crecer para hacer lo que se me diera la gana. A veces me imaginaba que si mi madre hubiese muerto en aquella época y me hubiese quedado sola con mi padre mi vida hubiese sido una aventura interminable, claro que me sentía un poco culpable de desear algo tan perverso, pero se sentía liberador acariciar esos pensamientos. Desde muy temprano Papá solía hablarme acerca de cómo tratar a los hombres, me decía que con el tiempo llegaría a ser una mujer guapa e inteligente por herencia, que algún día comprendería lo que intentaba decirme: “No permitas que te usen, tomá el control”.

Silvia tomó mi pelo y me peinó, me hizo dos trenzas que me colgaban por los hombros, me decía que le hubiese gustado tener una hija como yo, como si hubiese una razón que se lo impidiera. ¿No tener una pareja estable?, ¿vivir de la calle?, ¿su relación con José?, no lo sabía, solo la observaba cabizbaja, mostrándome una sonrisa inverosímil.
El Ford se detuvo en un bar de mala muerte, no había mucha gente pero sí una Rockola y lo más importante para animar el espíritu aventurero: whisky y cerveza. Mi padre pidió un whisky con hielo, en esa época no solía tomar otra cosa y su relación con esta bebida espirituosa se había transformado prácticamente en un vicio, pero lo respetaba porque era difícil tolerar las peleas con mi madre, por algo estábamos allí, en el medio de la nada y no en casa, comiendo fideos y presenciando una escena por celos o por dinero.

Silvia y José pidieron una cerveza y para mí una Coca Cola, pero les dije que no me gustaba y la cambiaron por una Teem. Por esos tiempos había probado pocas cosas, ya me había besado y tocado con un amiguito, jugaba al Carrera de Mente mejor que los adultos y sabía más de cine que cualquiera en el círculo de amistades de mis padres (que no eran la gran cosa en cuanto a cultura general pero sí considerando mi edad); así que cualquier ocasión de hacer algo prohibido me seducía.  El mozo trajo las bebidas y Silvia entendió de alguna manera lo que esa niña astuta sentada a su lado quería. - ¿Querés probar?- me dijo - ¡claro!- le respondí y debió iluminárseme la cara. Mi padre asintió, sabía que con él todo estaba bien, él pensaba que lo más grave era que me mareara un poco o que terminara algo alegre o adormecida. La encontré un poco amarga, pero nada desagradable y me quitaba más  la sed que cualquier bebida gaseosa, las que siempre me resultaron demasiado dulces.

Por debajo de la mesa Silvia le tocaba la pierna a José, él no paraba de hablar de cosas de hombres, la ignoraba como a un objeto del que ya se hubiese aburrido, la alejaba con ademanes como diciéndole “este no es el momento”. Entonces Silvia tomó mi mano y me llevó hasta la Rockola, pero yo no tenía dinero así que volví y le pedí a papá que se portó bastante generoso como siempre, el trato implícito era que yo me divirtiera y que lo dejara tranquilo, nuestros deseos no podían estar más de acuerdo.

Pasábamos las páginas de la Rockola, mucha cumbia y poco rock and roll, pero pudimos arreglárnoslas con algo de Creedence y Queen. Nos tomamos de las manos y comenzamos a bailar, libres, unas Thelma y Louise salvando las distancias generacionales. Lo estábamos pasando bien en verdad, a lo grande.

No cenamos, ya se estaba haciendo tarde, el sol se había puesto hacía rato y necesitábamos ponernos las máscaras otra vez. Subimos al auto, transitamos de nuevo por los paisajes del sur mirando por la ventanilla. Con Silvia ya no era necesario hablar, sino estar allí, sentadas de la mano, pensando. Papá tomó el camino hacia Barracas y dejó a la pareja en la única esquina iluminada por un farol, Iriarte y Montes de Oca. De allí nos fuimos a casa, un poco demorados pero no lo bastante tarde como para cenar en familia. Mamá se sorprendió con la novedad del auto y aunque se ofuscó un poco por nuestra temporaria ausencia, todo se arregló como siempre con el encanto de mi padre.

Unos días después papá estaba sentado en la mesa de la cocina, tomando un whisky, un poco apesadumbrado. 
- ¿Qué pasa papá?
- Silvia. Murió.-
- ¿ Qué?-
- Sí, se tiró a las vías del tren.-
No dijimos nada más, solo me quedé sentada recordándola jugar con su goma de mascar.