
Catorce años después de la última vez que hablamos amistosamente me llevó al Bar Guadalajara, aquél que queda en la esquina más mugrienta de la ciudad. Me pidió que ordenara algo de tomar mientras me presentaba al gallego que regenteaba la tasca, estar con mi padre allí era el perfecto resultado de la ecuación entre hacer un viaje al pasado y estar protagonizando una película clase B en tiempo real. Nos mirábamos intermitentemente como dos extraños, un silencio espeso, casi tangible se adueñaba del momento, hasta que, para romper el iceberg que se erguía entre nosotros a mi padre se le ocurrió pedirle al pobre viejo que nos tomara una foto juntos. La situación se volvió cómica cuando el tipo se calzó unos lentes más gruesos sobre los que ya llevaba puestos para poder distinguirnos y tomar así la fotografía. Era de tarde y el lugar daba la impresión de que allí jamás salía el sol, o si lo hacía se escondía detrás de los edificios y dejaba a los tipos del bar sobreviviendo en un ambiente obscuro, artificial, taciturno, generando el clima más adverso para un fotógrafo improvisado.
Enfrente seguía existiendo el hotelucho que llegué a conocer hace ya veinte años, pude verlo desde la ventana, aquella pensión era imposible de olvidar, allí pasábamos las noches en camas marineras que apenas cabían en lo diminuto de la habitación. Aquél verano no pude hacer otra cosa que escuchar una y otra vez el último cassette de Xuxa que me habían regalado para Reyes. Pink Floyd, Queen y Alan Parsons habían quedado embalados en un guardamuebles esperando a que podamos mudarnos a un lugar más decente. Durante las tardes húmedas y calurosas me recuerdo mirando de a ratos el poster que venía con el cassette, la Reina de los Bajitos aparecía en él rubia, sensual, espléndida mientras mi mente infantil se preguntaba si alguna vez llegaría a ser tan bella o exitosa, soñaba con un destino diferente. Convengamos que mis fantasías pueriles eran algo desmedidas, lo sé, sin embargo estaba feliz de que el destino me hubiese llevado lejos de aquél submundo circunstancial y azaroso, de haber podido conquistar la independencia, saborear la libertad económica y espiritual tan precozmente. Llegué a Londres, Frankfurt, Madrid, conocí ambas costas de EEUU, pero papá seguía allí, nunca entendí porqué teniendo la posibilidad de hacer algo diferente con el resto de su vida no escapaba de esos lugares a los que seguía cotidianamente tan apegado, lo ví como un adicto que no puede abadonar su realidad.
Constitución es un mundillo sórdido de putas, travestis y chorros al que conozco bien, los que "laburan" allí son tipejos con maletines que se pasan las horas en cafés como el Guadalajara fumando sin parar dejando que el tiempo se escurra mientras intercambian fantasías acerca de cómo volverse millonarios. La mayoría de ellos está en el negocio de los relojes, Rolex, Bulova, Nike, tienen lo que les pidas, por eso papá siempre está ubicado en tiempo y espacio. El también lleva un maletín donde lleva las herramientas con las que arregla artefactos destartalados y artículos de procedencia dudosa en un local de compra y venta. Allí se pasa las tardes (jamás pudo levantarse antes de las once, ni llegar al trabajo antes de las doce) encerrado en una jaula antirrobo, sorbiendo café y aliviando las migrañas con Migral y Buscapina. A veces observarlo en su ambiente y recordar tiempos difíciles me llevan a pensar que no hay nada en el mundo que esté fuera de mi alcance, mi viejo sin saberlo me ha inmunizado contra la pobreza, la marginalidad y el temor habiéndome legado lo más importante que a su vez le enseñó su padre quien lo abandonó demasiado pronto: la firmeza para tomar decisiones y afrontar las consecuencias pase lo que pase.
En unos días parto a Tokio, hay veces como ésta en las que quisiera llevarlo conmigo para mostrarle que hay un mundo increíble que nace más allá de las fronteras de Constitución, pasar tiempo con él, contagiarle mi entusiasmo aventurero y hacernos un poco de sana compañía recuperando los años perdidos mientras compartimos un buen scotch. Por ahora solo se anima una vez por semana a venir hasta Montserrat y cenar conmigo, otra vez será, Japón....
Enfrente seguía existiendo el hotelucho que llegué a conocer hace ya veinte años, pude verlo desde la ventana, aquella pensión era imposible de olvidar, allí pasábamos las noches en camas marineras que apenas cabían en lo diminuto de la habitación. Aquél verano no pude hacer otra cosa que escuchar una y otra vez el último cassette de Xuxa que me habían regalado para Reyes. Pink Floyd, Queen y Alan Parsons habían quedado embalados en un guardamuebles esperando a que podamos mudarnos a un lugar más decente. Durante las tardes húmedas y calurosas me recuerdo mirando de a ratos el poster que venía con el cassette, la Reina de los Bajitos aparecía en él rubia, sensual, espléndida mientras mi mente infantil se preguntaba si alguna vez llegaría a ser tan bella o exitosa, soñaba con un destino diferente. Convengamos que mis fantasías pueriles eran algo desmedidas, lo sé, sin embargo estaba feliz de que el destino me hubiese llevado lejos de aquél submundo circunstancial y azaroso, de haber podido conquistar la independencia, saborear la libertad económica y espiritual tan precozmente. Llegué a Londres, Frankfurt, Madrid, conocí ambas costas de EEUU, pero papá seguía allí, nunca entendí porqué teniendo la posibilidad de hacer algo diferente con el resto de su vida no escapaba de esos lugares a los que seguía cotidianamente tan apegado, lo ví como un adicto que no puede abadonar su realidad.
Constitución es un mundillo sórdido de putas, travestis y chorros al que conozco bien, los que "laburan" allí son tipejos con maletines que se pasan las horas en cafés como el Guadalajara fumando sin parar dejando que el tiempo se escurra mientras intercambian fantasías acerca de cómo volverse millonarios. La mayoría de ellos está en el negocio de los relojes, Rolex, Bulova, Nike, tienen lo que les pidas, por eso papá siempre está ubicado en tiempo y espacio. El también lleva un maletín donde lleva las herramientas con las que arregla artefactos destartalados y artículos de procedencia dudosa en un local de compra y venta. Allí se pasa las tardes (jamás pudo levantarse antes de las once, ni llegar al trabajo antes de las doce) encerrado en una jaula antirrobo, sorbiendo café y aliviando las migrañas con Migral y Buscapina. A veces observarlo en su ambiente y recordar tiempos difíciles me llevan a pensar que no hay nada en el mundo que esté fuera de mi alcance, mi viejo sin saberlo me ha inmunizado contra la pobreza, la marginalidad y el temor habiéndome legado lo más importante que a su vez le enseñó su padre quien lo abandonó demasiado pronto: la firmeza para tomar decisiones y afrontar las consecuencias pase lo que pase.
En unos días parto a Tokio, hay veces como ésta en las que quisiera llevarlo conmigo para mostrarle que hay un mundo increíble que nace más allá de las fronteras de Constitución, pasar tiempo con él, contagiarle mi entusiasmo aventurero y hacernos un poco de sana compañía recuperando los años perdidos mientras compartimos un buen scotch. Por ahora solo se anima una vez por semana a venir hasta Montserrat y cenar conmigo, otra vez será, Japón....
1 comentario:
Muy lindoooo
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