Casi experimento un orgasmo solo con llegar a casa y sentirme así, libre! Hoy no cocino para nadie, voy a la heladera y me preparo un trago, charlo con amigos, veo una película con Romain Duris, uff! el éxtasis!
Miro mis libros, los tres hermosos ejemplares que me he comprado en Zival´s, amo ese lugar. Los veo ahí, sobre las mesa, los huelo, me imagino entrar en esos mundos, me llena de emoción. No me preocupa estar sola, sino todo lo contrario. Venía de camino a casa cruzando la Plaza Congreso, un poco fastidiada por esas banderas multicolores indígenas y aquellos imbéciles de mi generación que se hacen los hippies y simulan apoyar a los desprotegidos , a los sin tierra, me sentí un poco snob, un poco lejos de eso. No de la gente que protesta, sino de los hipócritas, yo no vengo de mucho más arriba y sin embargo, creo que hay posturas que con el tiempo es necesario abandonar. Tal vez me preocupaba más el dolor de espalda, la contractura horrible que me provocaron los aviones y el maldito aire acondicionado de la oficina. Lo único que quería es lo que finalmente conseguí, cruzar la puerta desnudarme, quitarme las botas, beber y fumar por el placer de hacerlo. Tengo todo en 52 metros cuadrados, existe el egoísmo merecido?.
Pensaba en la navidad, en la gente que se entristece durante las fiestas y sentí el click!, hace tiempo que no pensaba en ello, de hecho ya no me preocupa. Me parecía imposible retornar a esa postura anterior de conmiseración, de lástima. Todo es alegría hoy, todo brillaba bajo la luz de la primavera, la gente se veía hermosa, una mujer descansaba sentada en un umbral, no era esbelta pero se veía bella, esa luz venía de mis ojos, no lo hubiese visto de esa manera en otro momento. Crucé Solís, la heladería César todavía no abrió, hace un día de puta madre y los tipos siguen de receso invernal, catastrófico. Podría haber comprado helado en Cadore, pero no,César tiene la misma calidad a mucho mejor precio. Así seguí algo feliz y un poco asqueada también, con ese sabor agridulce que me invadió durante todo el día con la esperanza de diluir lo amargo en alcohol.
Fui feliz cuando llené la bandeja plástica del restaurante chino al mediodía con arroz primavera,fui infeliz cuando tuve que pagar. Salí a la calle y vi el sol, me brotó una sonrisa, recibí un llamado en el celular, me sacó de quicio, no concibo mezclar un momento de naturaleza y paz con la tecnología perturbadora. Grité un poco, después pedí disculpas (puedo ser impulsiva pero siempre educada, aunque a veces la diplomacia se me vaya al carajo). Me senté en el césped de la entrada del edificio, volvió la paz, miré los trajes grises, se me fue el apetito.
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