miércoles, 2 de noviembre de 2011

El escritor ignoto y su debut en el ABC


Nos citamos a las seis en un café moderno, era la primera vez que lo vería fuera del contexto nocturno. En mi cabeza brillaba aún la cara del prisma que proyectaba música los sábados por la noche detrás de una consola, quería descubrir otra arista, esa que tenía que ver con la soledad y con las letras. No era difícil de reconocer, sus piernas parecían medir un kilómetro, traía puesta una camisa blanca, liviana, algo traslúcida, un pantalón negro de vestir, unos lentes imitación Wayfahrer que se quitó ni bien me vió entrar en el café y un morral de cuero negro donde cargaba una biografía de Borges y un par de libros más. Nunca sabré si era una fachada previamente montada para la ocasión o de verdad cargaba a diario con tanto material bibliográfico (!).
Entré al café, el calor que emanaban las máquinas hacía que el clima dentro fuese aún más sofocante que afuera. En cuestión de segundos decidimos que el remedio perfecto para una tarde tan agobiante sería una cerveza. Me señaló una parrilla, que quedaba justo enfrente del café, pero lo consideré un acto disparatado, el en paraíso de los bares notables beber lo que sea en una parrilla era un asesinato a la nostalgia. La Giralda surgió como la más natural de las opciones. Los azulejos blancos y pulcros, las mesas de madera oscura y los vendedores de artilugios inservibles siempre estaban esperándome.
El segundo inconveniente fue encontrar las mesas de afuera ocupadas, así que nos sentamos adentro esperando que alguien se dignara a pagar y a retirarse pronto. Saqué el grabador, mientras una chica pasaba entre los breves espacios entre mesa y mesa invitando a la gente a asistir al teatro. Mientras grababa me puse a analizar la voz del escritor, no lo había notado la primera vez que la escuché pero en cuanto nos saludamos pude darme cuenta de de que me resultaba un tanto particular, como foráneo. Tal vez fuese porque como más adelante me contó había vivido un tiempo en Barcelona.
Le obsequié algunos halagos que lograron sonrojarle, así logré romper un poco el hielo (todos lo que portamos la pluma pecamos de falsa modestia de tanto en tanto). En respuesta, el escritor ignoto no se molestó en maquillar el regocijo que le causaban las flores arrojadas a su obra. Le pregunté si había considerado hacer con sus historias cortos cinematográficos, fue un disparador acertado, sin embargo, algo en su mirada denotaba un cierto resquemor al éxito, sus publicaciones me parecían realmente buenas, no estaba fingiendo, pero él finalizó pronto con la cuestión diciéndome que antes le gustaría unificar varios relatos bajo un mismo criterio. No pude comprender muy bien su idea, porque los cortos son individuales, de todos modos, elegí no darle mayor importancia y continué disparándole preguntas diversas sobre su estilo literario. Así pasaron cuatro horas bebiendo cerveza y conversando sobre Bukowski, Carver y Auster. Íbamos por la sexta botella cuando los cauces de la conversación convergieron en el libro Alta Fidelidad de Nick Hornby derivando en las parejas, las mujeres y el sexo. Hice algunas concesiones (técnica robada a Truman Capote) para que se soltara aún más y me contara algún secreto también, no pude averiguar demasiado. Hasta que mencionó que jamás había entrado a un cine condicionado.
Lúcida, aunque algo alegre, levanté la mano, para llamar al mozo y le pregunté dónde había uno de estos lugares. Se sorprendió tanto de que una mujer le hiciera esa pregunta que en su mente creyó que lo estaba engañando, no me quedó más remedio que insistir, por lo que el hombre debió ir a preguntarle al cajero y finalmente me contestó:. -Hagan dos cuadras derecho por Corrientes y ahí van a encontrar uno de "esos cines"- dijo, agachando la cabeza. Yo sabía que el sitio que mencionaba había cerrado hace años y que en su lugar habían abierto teatro que llamaron Moulin Bleu, así que decidí adoptar el plan B, caminar hacia la ex zona de los cines. Dimos vuelta por Uruguay, tomamos Lavalle pasando por los Tribunales, luego cruzamos la 9 de Julio hasta que nos topamos con un repartidor de volantes, tuve que volver a preguntar, esta vez obtuve la respuesta firme y concreta que buscaba: -Caminen derecho por ésta y doblen un poco a la izquierda-. Cuando llegamos al ABC nos pidieron abonar una entrada, una especie de happy hour que incluía una consumición válida por una de las peores marcas de cerveza disponibles en el mercado. Sin embargo, todo era perfecto así, sórdido y sombrío, cualquier bebida espirituosa de mejor calidad hubiese desentonado con aquél ambiente mugriento.
Nos explicaron que en general no aceptaban parejas, pero que habían hecho una "excepción". Bajamos por una escalera escasamente iluminada, se veía subir un haz de luz rojo. Nunca supe porqué ése color era indefectiblemente asociado al pecado, nunca azul o violeta, rojo.
Canjeamos la consumición, nos entregaron una lata amarilla que a los cinco minutos ya estaba caliente, nos sentamos frente a una de las pantallas, vimos una película lésbica durante un rato, hasta que el escritor se incomodó. Una de las protagonistas jugaba a colocar los dedos de sus pies en los lugares más privados del cuerpo de su compañera. Él me miró en la oscuridad y me llevó hasta la otra pantalla. Nos sentamos en unos sillones que simulaban un palco, abajo había butacas de cuerina bordó, como en una sala antigua, pero a diferencia, entre película y película se ofrecía un espectáculo gay. Me llamó la atención la variedad de público sentada que observaba con las pupilas abiertas de par en par. Dos hombres musculosos vestidos de policías hacían un striptease, los actores recorrían las filas mientras los demás los tocaban rebordeándose la boca con la lengua. Un viejo con bastón y un hombre con aspecto demasiado masculino me resultaron los más curiosos, personajes que me imaginaba a plena luz del día. El primero podría haber sido un tierno abuelo que llevara a sus nietos al colegio, el segundo podía haber estado caminando de la mano de su novia en cualquier lugar, o besándola en un parque, sin embargo estaban allí con caras de libidinosos, excitados por el show exhibicionista.
Terminó el espectáculo y tuve que acompañar al escritor hasta un vestíbulo y esperarlo hasta que saliera del baño, ninguno de los dos se atrevía a quedarse solo. Mientras esperaba afilé el oído, los dos actores conversaban en zunga y sombrero. Charlaban acerca de la reacción desenfrenada de los hombres, de las técnicas para enloquecer a los espectadores y de cómo uno de ellos se sintió molesto con un cliente demasiado obsesionado con manosearle el culo.
Cuando el escritor salió volvimos a la sala de cine, pero la situación ya no se relacionaba en nada con la entrevista y menos con la literatura. Decidimos salir del tugurio, nuestros ojos ya habían visto demasiado. Al salir el boletero nos dijo: "La próxima vez entran gratis, solo pregunten por Coco".

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