miércoles, 6 de junio de 2012

Celina


Son las 12.30hs de un día de semana, Celina y Pierre esperan a que se desocupe una mesa en la barra de una posada vasca de la Rue Cinq Diamants de Paris. Hace poco tiempo que están juntos, por eso él le dora la píldora diciéndole que es la mujer más bella del mundo y que nunca en la vida había conocido una mujer tan perfecta. Celina es un témpano porque sabe que su conducta vuelve loco a Pierre, él se siente cada vez más urgido de tener su aprobación, de satisfacerla, de ser el objeto de su deseo.
El lugar está repleto, dos camareras van y vienen y Celina se ha percatado de que hay una en particular que captó la atención de su partenaire. El no deja de mirarla mientras ella se pasea de un lado al otro llevando trastos sucios y botellas de agua para los clientes. La muchacha se parece a un retrato de Renoir, tiene el cabello rubio y opaco y la piel tan blanca como la leche, casi todo lo contrario a Celina que tiene un cutis dorado, pero no demasiado y el pelo negro y brilloso que cae sobre los hombros como una especie de Lauren Bacall de las Pampas.
El lugar está repleto, se escuchan ruidos de platos, cucharas, botellas, voces en todos los idiomas. El bartender les hace una seña, en el fondo unos turistas alemanes desocupan una mesa para dos. Celina se sienta y observa por un espejo como Pierre sigue cada movimiento de la camarera,  no ve en la chica la menor gracia ni atractivo y se siente segura de su sensualidad y belleza pero la perturba la situación. Le molesta enormemente el descaro de Pierre, pero no se lo dice, soporta minuto a minuto la farsa mientras mantiene una conversación superflua. Los atiende la otra mesera, les trae la carta pero ambos tuvieron tiempo de seleccionar el menú cuando estaban en la barra. Eligen la ensalada especial de la casa, una botella de agua y un vino tinto, nada extraordinario.
Celina nunca se aburre, su encanto es tal que en cuestión de segundos y sin hacer nada consigue captar la atención del barman. El tipo es alto, esbelto, calvo y muy masculino, tiene las cejas gruesas, una belleza española. De pronto él se acerca en dirección a la mesa donde la pareja está comiendo, toma una harmónica que uno de los clientes de al lado llevaba en la mano y toca la melodía de The good, the bad & the ugly mientras le guiña un ojo a Celina. Ella le sonríe, pero Pierre está tan ocupado comiendo la ensalada y persiguiendo con la vista a la camarera que no logra percibir la situación.
En su cabeza Celina conversa consigo misma, busca encajar a Pierre en algún estereotipo, sin sudas esta frente a un hombre infiel, compulsivo y posesivo. Mientras termina de comer lo observa con detenimiento, sus manos, sus gestos, su mirada. Él continúa en su pasatiempo, Celina quiere hablarle pero no sabe bien qué decir, él está demasiado distraído, embobado por la muchacha regordeta que va y viene con las botellas. Finalmente encuentra algo. 
-No crees que existe un standard de belleza que a todos nos fascina?, me refiero a un determinado tipo de persona que te gusta y que es la misma que vez en todos lados, en cualquier rincón del mundo. Una misma nuca, un mismo color de piel, un mismo corte de cabello, solo que con ojos diferentes.-
-¿ De qué hablas?-
-Me refiero a que hay un tipo de hombre que me gusta y que es el mismo hombre que veo caminar por Paris, por Nueva York, por Buenos Aires, el mismo tipo , que es físicamente idéntico y que me da la sensación de encontrarlo en cualquier ciudad del mundo.-  
-¿Ese hombre es como yo?-  
-No precisamente, bueno, estoy hablando de un tipo de belleza no de alguien en particular. ¿Vos no tenés un ideal de belleza femenino?- 
-Por supuesto, ¡sos vos!-
-Basta Pierre, ya no te soporto, te estoy hablando en serio.-
-Pero, te digo la verdad.- 
-Ok. -
(Silencio)
Se siente un poco culpable de haber dicho aquello, pero no quiere sentirse amenazada por ningún sentimiento romántico.
Terminan de comer, la camarera se acerca para saber si van a ordenar un postre, pero ambos se deciden por un café. El clima está tenso, Celina le dice a Pierre que saldrá a fumar mientras preparan el Ristretto.
Sale a la calle, el barman está allí saboreando un pitillo. No dicen una palabra, solo se miran, él la toma por la cintura y la besa apasionadamente, la aprieta, ella puede sentir su sexo rígido, toma su pija para comprobar qué tan dura está, la aprieta y lo vuelve a besar.  Después de unos minutos ella se aparta y enciende su cigarro, no desea nada más que fumar y volver a entrar para no despertar sospechas. Cuando entra se dirige al baño que está detrás del salón contiguo donde Pierre no puede verla, un español sentado con un grupo de amigos le dice “guapa”, ella le responde –gracias- va directo hacia él y le lame la boca y se va. El tipo se queda pasmado. Celina entra al toilette con la moral  un poco más fuerte, ahora sí vuelve a ser ella misma. Se sienta en el inodoro y le entran ganas de cagar, entonces  se acuerda del Marques de Sade y se le ocurre una idea genial. Toma un trozo de papel y caga sobre él, el excremento es duro, oscuro, pequeño, perfecto. Lo envuelve, lo apoya sobre el lavabo se enjuaga las manos y se retoca el maquillaje. Toma el paquetito y vuelve a la mesa.
Cuando llega ve a Pierre hablando de cerca con la camarera rubia, la está chamuyando mientras ella le sirve el café. Celina la mira con odio, se sienta, y la chica se va de inmediato. 
- Dit moi Pierre, ¿me amas?- dice Celina con una sonnrisa.
- Claro que sí, sabes que eres la mujer más hermosa del mundo y que haría cualquier cosa por ti.  
-¿De verdad?, cualquier cosa?-  
-Por supuesto mi amor.-  
-Entonces tengo que comprobarlo.-
      Celina toma el paquete que escondió en su asiento y lo pone sobre la mesa.   
-¿Qué es esto?-
-      Es una sorpresa, quiero que hagas de cuenta que es un gâteau au chocolat y que te lo comas mientras tomas el café, quiero que lo hagas con placer para que nadie se dé cuenta y que me digas que te encanta porque es mío y porque me amas más que nadie.-
Pierre abre el papel, no puede creer la perversidad de Celina. Toma un sorbo de café, mira el trozo de excremento, levanta los ojos hacia ella y se mete un pedazo a la boca, mastica, quiere levantar la taza para tomar otro sorbo de café pero Celina le dice que no, lo traga, sigue comiendo hasta que lo termina. Ella esboza una sonrisa, disfruta el momento, se regocija pensando que Pierre es un cerdo y que ella finalmente lo ha domado. No puede evitarlo suelta una carcajada y todos empiezan a mirarla, se ríe cada vez más fuerte.

jueves, 26 de abril de 2012

La Ceremonia


Lavábamos los platos en casa de Pablo después del almuerzo, era sábado a la tarde y el sol se filtraba por el ventiluz. Nos hubiésemos preparado para recostarnos a leer en el sofá de no ser interrumpidos por el sonido del timbre y el bullicio de voces infantiles, maullidos y ladridos en el pallier.

Fernando y Eleonora cruzaron la puerta escoltados por sus dos hijos que saltaban detrás llevando globos de helio que flotaban en el aire caliente del comedor.  La nena tenía un hermoso vestido blanco que resplandecía como la nieve y acababa en un ruedo de brodery, su hermano vestía del mismo color, los dos muy elegantes y pulcros, como prestos a asistir a alguna ceremonia importante. Los acompañaban fielmente siete mascotas sin correa, tres perros y cuatro gatos de distintas razas y colores. Probablemente llegaran de un cumpleaños, pero porqué llevar consigo a los animales?. La situación era bizarra e inexplicable, aunque me resignó la idea de que por cortesía y protocolo a veces solemos tolerar cosas peores.

El hermano de Pablo le susurró algo en el oído y tomándolo del brazo, lo condujo a la cocina. Los dos hombres se quedaron allí, charlando en secreto. Fernandito y Amanda correteaban como de costumbre y los gatos los perseguían pisándoles los talones e intentando saltar sobre los globos; no así los perros que se habían recostado en fila aprovechando un mismo rayo de sol que se proyectaba en el parquet.  Eleonora y yo nos sentamos en la sala. Ella sonreía ofreciéndome una taza de té mientras me indicaba que me sentase en el sofá. De alguna manera curiosa habíamos invertido los roles, ella se había transformado súbitamente en la anfitriona y desplazándome a la posición de visitante. Me inquietaba un poco su actitud, pensé que tal vez hubiese problemas con su departamento y necesitasen quedarse con nosotros unos días o estuviesen por irse de viaje y querían que Pablo y yo cuidemos de sus mascotas.

Dejé enfriar mi taza de té para beberlo todo de un sorbo, mientras conversábamos sobre temas superfluos como compras y vestidos. Eleonora insistía en que beba mi infusión como si tuviese algún apuro .En el aire había estática, un rechazo mutuo se percibía entre las dos. Ella me odiaba por mis ideas, yo a ella un poco por carecer de un alma. Observé una expresión vil en su rostro que me heló la sangre y cerré los ojos cayendo exhausta e inexplicáblemente sobre el respaldo de jackard.

No recuerdo bien en qué momento me venció el sueño, si fue por el té o por la soporífera y superficial conversación. Solo recuerdo que me soñé en un quirófano y que los familiares de Pablo oficiaban de cirujanos. Cuado desperté fui hasta el baño para lavarme la cara. Estaba algo mareada y me costaba saber si aún soñaba o estaba realmente despierta. Por un instante tuve la impresión de que no había nadie más en la casa, pero fue solo hasta que vi los globos rojos colgados en el resplado de una silla y los zapatos de charol de Amanda con los zoquetes con puntilla dentro. Observé entonces que aquella tarde de verano me resultaba infinita, tal vez porque el grado de luz que invadía los ambientes conservaba la misma intensidad que al momento en que nuestra calma había sido interrumpida por las inesperadas visitas.

Dos parejas adultas, dos niños y siete mascotas son demasiada gente para compartir un departamento de cincuenta metros cuadrados, no obstante, no se sentían olores ni ruidos que perturbasen la quietud de la casa. No tenía ni una razón puntual para pedirles amablemente que se retiraran, así que debía pensar en algo. En estas ocasiones solía recurrir a artilugios tales como sutiles como bostezos que insinuaban un supuesto cansancio o un par de caricias a Pablo, lo cual podía traducirse en un deseo (generalmente inexistente) de tener intimidad con él, en ese caso mi cuñada le guiñaría un ojo a su esposo y se retirarían con los niños cinco minutos después.  Pero éste no era un sábado convencional, la atmósfera estaba pesada, todos actuaban de manera extraña y el tiempo se había suspendido, la casa completa parecía estar encerrada en una esfera de cristal.

Atravesé el comedor en dirección a la cocina, sentí mis pies descalzos apoyarse sobre la madera tibia y la espalda empapada y febril. Me invadió la curiosidad por saber qué estarían haciendo todos en un espacio tan pequeño, tal vez le estuviesen enseñando a los niños a preparar un pastel, pensé. La puerta estaba entreabierta y por el hueco podía ver a Fernando vestido con un delantal de cocina blandiendo un cuchillo, Pablo estaba a su lado y lo miraba en su faena como aprendiendo una importante lección. Eleonora y los niños también estaban allí aunque fuera de mi campo visual. Susurraban.

Empujé la puerta muy despacio para no interrumpir lo que estaban haciendo. Pablo me sonrió y con un ademán me invitó a entrar y a pararme más cerca para observar mejor mientras pasaba su mano por mi cintura. Fernando sostenía a uno de los gatos, uno rubio, muy joven, de mirada enorme e inocente. El animal recostado sobre la tabla de cortar fiambres no oponía resistecia, parecía calmarse con cada caricia de su dueño, levantaba los ojos para mirarnos con una expresión tierna mientras toda la familia le respondía el gesto de ternura con sus sonrisas estáticas. De un súbito golpe Fernando le arrancó la cola que fue a parar sobre los platos enjabonados, el animal se soltó y corrió como un rayo hacia el patio interno. Eleonora tomó uno de los perros solo un poco más grande que el gato y comenzó a quitarle las orejas, cuando acabó también  lo dejó correr hacia el patio. Los niños miraban la escena entusiasmados, hasta se ofrecían a ayudar, a mí me paralizó el espanto, no llegaba a comprender el sádico espectáculo.

 El tercero fue otro perro, el más pequeño esta vez, la pareja le quitaba las partes de piel que tenían manchas de pelo de diferente color, así le arrancaron una porción de pelaje de la cabeza, la espalda, las patas y le quitaron la cola,  luego lo dejaron ir. La testa negra de un Boston Terrier cayó sobre el fregadero que en ese momento estaba lleno de piel y pellejo. Amanda se acercó a su padre y le pidió la cabeza para jugar mientras se alejaba saltando y canturreando, la tomó sonriendo entre sus manos y se la llevó afuera para mirarla mejor mientras la sostenía en alto.

Los animales no chillaban, o yo no podía escucharlos, parecían sedados, (como yo?) apenas se mostraban molestos y todos compartían la misma expresión naif en la mirada, no era tristeza sino compasión hacia sus dueños mientras éstos los preparaban para descuartizarlos parsimoniosamente, en cuotas. Así, uno a uno fueron trayendo de nuevo a los animales heridos, para acomodarlos en el improvisado cadalso. Los bichos deambulaban por el patio lamíéndose la sangre que les corría por las patas. La escena transcurría en silencio, pero en absoluta armonía y dicha familiar, como si en vez de estar descuartizando a sus mascotas estuviesen jugando al Estanciero o cantando canciones de María Elena Walsh. O tal vez cantaban y el pánico me impedía escuchar.

Fingí ir hasta el baño y planificándolo todo con un par de miradas busqué las llaves y me calcé las zapatillas. Le dije a Pablo que salía a comprar algo pero ni siquiera pude escuchar mi propia voz. Su rostro cambió violentamente y la expresión de gozo y serenidad con la que había estado presenciando aquello fue reemplazada por otra de absoluta ira,  le hizo un ademán con la cabeza a su hermano señalándome mientras la boca de Eleonora pronunciaba mudas palabras. Mi cuerpo se movía con lentitud y pesadez, como si estuviese en el espacio intentando salir por una nave espacial. Bajé la vsta hacia el suelo, como buscando algo y pude ver como un fino hilo de sangre bajaba por mi frente tornándose cada vez más espeso. Pegado a la pared de la sala y muy sigilosamente el gatito rubio se acercaba hacia mí, mirándome con sus enormes ojos. En un parpadeo pude contemplar a la familia parada frente a mí, observándome con ojos voraces, los niños de blanco y manchados de sangre, Amanda sosteniendo la cabeza del perro negro, Eleonora inmóvil con una sonrisa falsa en los labios y su mirada asesina y Pablo yendo hacia la habitación con Fernando.

Me agaché como pude, la cabeza me daba vueltas, tomé al gato y bajé las escaleras corriendo mientras lo sostenía junto a mi pecho. Atravesé el jardín comunitario con prisa y desesperación, ya casi llegaba al portón cuando voltée para mirar hacia la casa, los dos hermanos se asomaban por el ventana. Fernando le daba indicaciones a Pablo que sostenía una escopeta apuntando directo a mi cabeza.

viernes, 2 de marzo de 2012

Su goma de mascar


Esa tarde hubo un cambio de planes, papá me pasó a buscar  por el colegio en un Ford Fairlane azul acompañado por José y una rubia con aspecto mundano. La situación me parecía surreal e indebida, se suponía que era mi madre la que vendría, iríamos a una galletitería a comprar un cuarto de Roccocos y tomaríamos leche tibia mientras me dejaba mirando a Lucille Ball frente a un televisor blanco y negro. Mi padre, en cambio, siempre me ofrecía alternativas más tentadoras a la opacidad de la rutina materna, lo que me parecía siempre más instructivo que el universo prefabricado de la televisión. 

El asiento del acompañante siempre estaba reservado para mí, yo era su princesa escolar y me gustaba lucirme en los modelos nuevos que mi él conseguía. Los cambiaba cada vez que se presentaba la ocasión de hacer un buen trato o de remplazarlos por algo más extravagante. Así fue como tuvimos un Boogie sin capota con el que nos agarró una tormenta en la Costanera o una imitación del auto de James Bond que compró destartalado y que terminó vendiendo por un tercio de su valor cuando la situación apremiaba.

A José lo conocía desde siempre, era un taxista divorciado, un paria que pasaba sus días en los bares de Constitución tomando café y leyendo el suplemento deportivo del Diario Popular. Supongo que de esa amistad surgió la costumbre casi religiosa de mi padre de tomarse un cortado después de almorzar. Lo que no sabía era quién era esa mujer, era la primera vez que la veía y a pesar de su apariencia de mina fácil, de su minifalda negra y del exceso de maquillaje escondía en la mirada algo muy profundo, una melancolía intrigante. En ese preciso instante comprendí cuánto me habían engañado al criarme en un mundo donde las apariencias son la carta de presentación, supe que podía ver más allá, como si las personas fueran diapositivas transparentes.

Supuse que era la amante de José. Por el espejo del retrovisor los veía manosearse como dos adolescentes, él le besaba el cuello, ella lo detenía, tal vez para guardar un poco las formas ante mi presencia y mi curiosidad. Ella le llenaba la cara de saliva y lápiz labial. Papá conducía por la autopista, cruzó el puente que separa La Boca de Dock Sud y aunque insistí en preguntar hacia dónde nos dirigíamos, las respuestas fueron vagas y determinantes – Vos quedate tranquila, la vas a pasar bien- o -¿alguna vez la pasaste mal con papá?-

Nos detuvimos en una estación de servicio a cargar nafta. Los dos hombres se pusieron a charlar mientras Silvia, la extraña mujer intentó socializar conmigo. Su voz derrochaba tristeza, hacía un esfuerzo por mostrarse alegre, intentaba sonreír, pero había algo en su semblante que la convertía en la mujer más triste que había visto jamás. Para mí era edificante hablar con una puta, aunque supongo que ella pensaba que era una niña inocente, yo lo sabía casi todo, lo había aprendido de los videos de mis padres y de las sucias revistas de Playboy y Sex Humor que escondían debajo del colchón. Ella me hacía preguntas sobre el colegio, o las tonterías de las que se le suele hablar a los chicos de seis años, yo tenía ganas de preguntarle todo sobre su vida, pero a esa edad no tenía las agallas, ni encontraba el modo de bucear en las intimidades de la mente adulta. Me conformaba con saber que a escondidas podía leer los artículos de la revista Emanuelle sobre psicología y sexualidad como una pequeña voyeur.

Las dos nos subimos atrás, por momentos había silencios, bonitos silencios en los que ella me acariciaba el pelo, las ventanillas estaban abiertas, ella miraba los pastizales, había mucho sol y la ventisca le volaba el pelo suelto y rubio. Me convidó un chicle de tutti frutti, primero lo rechacé, tenía constantemente la imagen de mi madre en la mente, reprendiéndome por las cosas que se suponía que debía o no hacer, me autoreprimía respetando sus imposiciones aún cuando estaba ausente. Mascar chicle era una pequeña transgresión, después de todo ella no estaría allí para verlo. Silvia mascaba con descaro, con la boca abierta, sexy, hacía globos que después explotaba con los dientes y solo se detenía en su juego para fumar. Me parecía genial llegar a ser así, tan libre tan sensual, me daban ganas de apurarme y crecer para hacer lo que se me diera la gana. A veces me imaginaba que si mi madre hubiese muerto en aquella época y me hubiese quedado sola con mi padre mi vida hubiese sido una aventura interminable, claro que me sentía un poco culpable de desear algo tan perverso, pero se sentía liberador acariciar esos pensamientos. Desde muy temprano Papá solía hablarme acerca de cómo tratar a los hombres, me decía que con el tiempo llegaría a ser una mujer guapa e inteligente por herencia, que algún día comprendería lo que intentaba decirme: “No permitas que te usen, tomá el control”.

Silvia tomó mi pelo y me peinó, me hizo dos trenzas que me colgaban por los hombros, me decía que le hubiese gustado tener una hija como yo, como si hubiese una razón que se lo impidiera. ¿No tener una pareja estable?, ¿vivir de la calle?, ¿su relación con José?, no lo sabía, solo la observaba cabizbaja, mostrándome una sonrisa inverosímil.
El Ford se detuvo en un bar de mala muerte, no había mucha gente pero sí una Rockola y lo más importante para animar el espíritu aventurero: whisky y cerveza. Mi padre pidió un whisky con hielo, en esa época no solía tomar otra cosa y su relación con esta bebida espirituosa se había transformado prácticamente en un vicio, pero lo respetaba porque era difícil tolerar las peleas con mi madre, por algo estábamos allí, en el medio de la nada y no en casa, comiendo fideos y presenciando una escena por celos o por dinero.

Silvia y José pidieron una cerveza y para mí una Coca Cola, pero les dije que no me gustaba y la cambiaron por una Teem. Por esos tiempos había probado pocas cosas, ya me había besado y tocado con un amiguito, jugaba al Carrera de Mente mejor que los adultos y sabía más de cine que cualquiera en el círculo de amistades de mis padres (que no eran la gran cosa en cuanto a cultura general pero sí considerando mi edad); así que cualquier ocasión de hacer algo prohibido me seducía.  El mozo trajo las bebidas y Silvia entendió de alguna manera lo que esa niña astuta sentada a su lado quería. - ¿Querés probar?- me dijo - ¡claro!- le respondí y debió iluminárseme la cara. Mi padre asintió, sabía que con él todo estaba bien, él pensaba que lo más grave era que me mareara un poco o que terminara algo alegre o adormecida. La encontré un poco amarga, pero nada desagradable y me quitaba más  la sed que cualquier bebida gaseosa, las que siempre me resultaron demasiado dulces.

Por debajo de la mesa Silvia le tocaba la pierna a José, él no paraba de hablar de cosas de hombres, la ignoraba como a un objeto del que ya se hubiese aburrido, la alejaba con ademanes como diciéndole “este no es el momento”. Entonces Silvia tomó mi mano y me llevó hasta la Rockola, pero yo no tenía dinero así que volví y le pedí a papá que se portó bastante generoso como siempre, el trato implícito era que yo me divirtiera y que lo dejara tranquilo, nuestros deseos no podían estar más de acuerdo.

Pasábamos las páginas de la Rockola, mucha cumbia y poco rock and roll, pero pudimos arreglárnoslas con algo de Creedence y Queen. Nos tomamos de las manos y comenzamos a bailar, libres, unas Thelma y Louise salvando las distancias generacionales. Lo estábamos pasando bien en verdad, a lo grande.

No cenamos, ya se estaba haciendo tarde, el sol se había puesto hacía rato y necesitábamos ponernos las máscaras otra vez. Subimos al auto, transitamos de nuevo por los paisajes del sur mirando por la ventanilla. Con Silvia ya no era necesario hablar, sino estar allí, sentadas de la mano, pensando. Papá tomó el camino hacia Barracas y dejó a la pareja en la única esquina iluminada por un farol, Iriarte y Montes de Oca. De allí nos fuimos a casa, un poco demorados pero no lo bastante tarde como para cenar en familia. Mamá se sorprendió con la novedad del auto y aunque se ofuscó un poco por nuestra temporaria ausencia, todo se arregló como siempre con el encanto de mi padre.

Unos días después papá estaba sentado en la mesa de la cocina, tomando un whisky, un poco apesadumbrado. 
- ¿Qué pasa papá?
- Silvia. Murió.-
- ¿ Qué?-
- Sí, se tiró a las vías del tren.-
No dijimos nada más, solo me quedé sentada recordándola jugar con su goma de mascar.

miércoles, 11 de enero de 2012

Noticias que no le importan a nadie

El monedero por favor

"Por favor mostrar bolsos y monederos antes de salir" decía el cartel de la verdulería La Monumental. -Entiendo lo de los bolsos, pero, qué puede robarse uno en un monedero?- le pregunté a la cajera, mientras buscaba cambio. - No te imaginás todo lo que se roba la gente, lo peor es que no es gente pobre, sino señoras muy bien vestidas las que meten las frutas más chiquitas dentro de los monederos- dijo la señora mayor que acompaña a la chica pesando la mercadería y cobrando. A esto respondo con un -pero qué barbaridad!- que hace reír tímidamente a la chica y le arranca una sonrisa a la señora.
Esto sucede en una verdulería mayorista donde puede comprarse verdura a precios irrisorios como a 1 peso el paquete de espinaca o a 2 pesos los 2 kilos de fruta madura.

Sístole y diástole

En un supermercado chino ubicado en la Avenida Entre Ríos, un médico jubilado de impecable delantal blanco toma la presión por 3 pesos. Así lo anuncia un rústico cartel de cartón cortado a mano y escrito con el mismo marcador negro con el que escriben las promociones de la semana. El anciano hace guardia en la puerta, esperando pacientes con problemas de tensión. En la vereda de enfrente, puede leerse una placa que dice: "En este edificio vivió Astor Piazzolla" y se me antoja que este siempre fue un barrio de abuelos. Me preguntaba al pasar por allí, cómo habrá nacido tal curiosa sociedad comercial entre un micro empresario chino y un médico retirado.

El gordito de las empanadas
En Av. Callao y Bartolomé Mitre se venden las empanadas más ricas de la ciudad desde hace más de siete décadas. En la puerta, la estatua de un cocinero gordito sostiene un cartel invitando a la gente a entrar a La Americana.

Unas cuadras antes, más precisamente en Av. Entre Ríos e Independencia, la copia exacta de aquél gordito de papel maché atiende un kiosco con la misma sonrisa cálida y simpática del muñeco promotor, así nos saluda todas las mañanas, jamás un gesto de desdén o de disgusto. Cómo se explica tal semejanza?, si no son gemelos y algún hada bondadosa lo transformó en un hombre de verdad cual Pinocchio, solo se me ocurre que algún artista haya querido rendirle homenaje al alegre espíritu del kioskero feliz.


El chocolatero triste

Si pasan por Bombonella en Avenida Corrientes alguna tarde de invierno, verán una multitud agolpada en la vidriera. El espectáculo lo ofrece el chocolatero triste, un hombre de semblante sombrío que elabora chocolate en rama a la vista de niños caprichosos y potenciales clientes. La gente mira sus manos y su mágica manga blanca con la que forma ramitas y figuras, pero nunca se dan cuenta de su expresión oprimida y melancólica. Cuando mi hijo era pequeño siempre me preguntaba: - Mamá, porqué ese hombre no cambia de trabajo?, no se ve feliz-, nunca supe qué responder. Seguimos pasando por allí año tras año para detenemos a observar el rostro del chocolatero y comprobar si pudo encontrar la felicidad.










martes, 27 de diciembre de 2011

Conflictos de estirpe




Un mediodía, el breakroom estaba repleto y bullicioso, cuando distinguí por encima de todas las voces, una que sobresalía y que se parecía a la de una ex compañera, modelo trágicamente fallecida, que me resultaba absolutamente desagradable, no ella, sino su voz nasal y su manera de querer sobresalir en todo momento, en todas las materias. Nunca entablé una conversación con ella, solo me atreví a esbozar frases como: "yo también hablo alemán", es más, creo que eso fue todo lo que le dije en el tiempo que cursamos juntas una vez que salíamos de la clase y lo hice para romper el iceberg entre nosotras, por ser amigable y buscar un punto común a lo que ella respondió "yo leí Sophia's Welt (El Mundo de Sophia) de Jostein Gaarder completo para un trabajo práctico en el secundario". Sus palabras sonaron como una bofetada mientras con los labios esbozó una sonrisa glacial. Yo había aprendido a hablar alemán ya de adulta en la UBA, en el Goethe, en las oficinas de Lufthansa mientras laburaba, en cambio ella había ido a un colegio germano parlante y eso marcaba una diferencia.

Algo similar me ocurrió con mi nueva compañera de trabajo cuando llegó hace unos meses. Tal vez fuesen las risas exageradas, el exceso de elocuencia, la actitud de querer hacer sentir a los demás como seres inferiores y opacos lo que me causó repulsión y me hizo recordar a la  blonda modelo con nombre de flor. 

Para dar un ejemplo de lo desagradable de su actitud, es necesario citar el contenido de su absurdo monólogo. Una  tarde en la que estábamos todos en paz, cada uno en su escritorio, yo leía un libro de Carver y miraba de reojo el cielo gris por un ventanal concentrada en la nostalgia y el placer que eso me provocaba. De pronto ella comenzó a hablar, fue como un escuchar un taladro Black and Decker, gesticulaba con las manos exageradamente mientras contaba cómo jugaban con su abuela al Bridge durante su infancia, abusaba de mi paciencia, creo que ni siquiera respiraba, solo necesitaba hablar y hablar y hablar. Cabía preguntarse, ¿qué clase de persona juega con su abuela al Bridge?, era evidente que ella buscaba marcar la diferencia. Yo había jugado al Cerebro Mágico y soñaba con tener el Spy Tech, pero ella jugaba con su abuela al Bridge... mientras, en una casucha de madera la mía se pasaba las noches haciendo arreglos para las vecinas boquenses en su máquina Singer. ¡Mierda! yo siempre admiré a mi abuela Elena aunque no supiera jugar al Bridge y soñé con ser tan independiente como ella, y ahora lo soy, me regaló libertad, me enseño a ser incansable, luchadora, me enseñó a putear y a que cuando no te gusta algo podés mandar al carajo a todos. Dudo que la señora que jugaba al Bridge, haya sido tan audaz y aventurada, la madre de mi padre se fue de gira por Brasil con una compañía de ballet ruso antes de casarse con mi abuelo.

En muchos ámbitos en los que me ha tocado convivir he notado estas diferencias que establece la gente procedente de familias acomodadas, es como si quisieran remarcar que ellos han tenido una educación superior porque fueron al St. Thomas, al St. Catherine's o al Ulrico Schmidl. Yo creo que aunque mi educación esté unida con retazos, aunque haya carreras que quedaron en los años duros abandonadas y sin terminar, aunque siga luchando por conseguir el título de licenciada, vale y vaya que vale porque este camino plagado de incertidumbre, piernas rotas, mudanzas y separaciones me hace sentir cada día más fuerte.


martes, 20 de diciembre de 2011

Los ahorcados

Capítulo 1 (o 1er round) 
La sensación que me aqueja últimamente es de impotencia y descontento, los motivos del malestar no son para nada extraordinarios, es moneda corriente en este bendito país. La cuestión comenzó (al menos para mí) una tarde en la que nos citaron a una reunión con una mulata que venía de Estados Unidos a ver cómo andábamos por el hemisferio sur. La charla fue muy light, muy naif, mis compañeras comenzaron a preguntar las idioteces de siempre y a mostrarse entusiasmadas con la fusión entre nuestra empresa y otra de la misma envergadura. Preguntaron acerca de los vuelos, compensaciones a clientes en casos de demoras causadas por cenizas volcánicas y demás temas accesorios y menores. Mi cabeza se estaba transformando en una olla de presión. Sabía que a mis compañeras, zonzas o no, les preocupaba lo mismo que a mi pero por lo visto, nadie estaba dispuesto a afrontar el problema. Barajé las opciones y me emití mi speech sin anestesia y con expresión solemne:

(I feel very happy about the merge too and the fact that you in the US are having goods conversations about the Buenos aires people and how skillful we are, but....since we are facing a world wide economical crisis right now as you can see in the media, I'd like to know if we re going to see your appreciation reflected in our salaries in a near future.)

Yo también me encuentro feliz por la fusión y por el hecho de que en estados Unidos esten manteniendo buenas conversaciones acerca de la oficina de Buenos Aires y de cuán capaces somos aquí, pero... teniendo en cuenta la crisis mundial que estamos afrontando, como puede observar en los medios, quería saber si veremos su apreciación reflejada en nuestros salarios en un futuro cercano. 

La cara de la gerenta para latinoamérica se desfiguró, me miró con una expresión de asesinato, pero como siempre con una sonrisa siniestra en los labios. Tenía la idea, como la mayoría de los supervisores y personal de alto rango provienen del mismo colegio, que esa actitud ante los insurrectos se la habrían inculcado allí en su primera infancia, pero eso solo eran ideas mías.
La mulata escribió en su cuaderno y nos miró compungida, su respuesta intentó ser tranquilizadora, prometió hablar con el Dios de nuestra aerolínea para que nos ayudara con el tema salarial, pero no prometía nada hasta después de la fusión que conllevaba una homogeneización (lo que ocultaban era que esta homogeneización podría nivelar los ingresos para abajo o para arriba, arbitrariamente).

Capítulo 2 (o 2do round)

Unos días después se convocó a una segunda reunión con la mayoría de los empleados  (algunos pocos quedaron en sus escritorios atendiendo a los clientes). Estaban además la representante de recursos humanos, la Gerenta de Reservas para Latinoamérica y una mesztiza de yanquilandia que venía a representar a human resources de la aerolínea con la que nos agrupábamos. Los supervisores estaban con el pueblo, es decir, del lado de la mesa que enfrentaba a la cúpula.
Recibí una llamada para asistir al mítin, pero un fracasado con vocación de policía me frenó en el pasillo y me pidió seguir trabajando. Sabía que sería inútil descutir con él , así que volví y me senté. Unos minutos después llamé al supervisor con menos carácter para preguntarle si sería la única charla o darían otra para los que no podíamos asistir. El tipo comenzó a tartamudear y no pudo conmigo, me autorizó para dejar el escritorio y dirigirme al salón de reuniones. Cuando llegué, los mandamases explicaban que el aumento prometido para septiembre u octubre fue una mala interpretación de los empleados, que lo lamentaban pero que a partir de ahora en adelante debíamos mirar al futuro, es decir, concentrarnos en las paritarias de marzo (ajuste a cobrar en mayo, con una retención del aumento de abril por parte de los monos del gremio).

Lo que más me sorprendió fue como un compañero de buen pasar se solidarizaba y enfervorizaba protestando por los derechos de los menos afortunados. Mencionó las palabras que nadie se atrevía a pronunciar en la misma oración vergonzoso y salario. Durante la reunión me sentí varias veces sofocada, con un nudo en la garganta que me impedía tragar saliva o respirar adecuadamente. El clima era agobiante, esta vez había mucho para discutir, hasta que me llegó el turno y apunté al blanco:

-De acuerdo, convengamos que fue un error de todos los trabajadores el malentendido sobre el aumento salarial de septiembre/ octubre, entonces lo que debatimos ahora es cómo vamos a continuar con las negociaciones para las paritarias de marzo/ abril. Yo quisiera saber, concretamente, cuál es la propuesta de la empresa para que pasemos el verano, es decir, para llegar a pagar las cuentas con nuestros magros salarios, teniendo considerando la inflación que se viene hasta mayo, la quita de subsidios del gobierno a los servicios básicos, los aumentos de colegios, obras sociales, etc...- 
 
La respuesta no se hizo esperar, la representante de Recursos Humanos se calzó la máscara de archivillana y dijo que solo llegaríamos a un acuerdo con el gremio por un aumento inmediato, si conseguíamos una estadística privada que demostrase que el índice de inflación entre abril y diciembre había superado el 15%. Según ella, le había resultado imposible, por muchos esfuerzos que realizara, conseguir estos informes. Por supuesto que la escuchábamos sin creer una palabra de lo que decía y concentrándonos todos en pensar quién podría suministrarnos la documentación.

Capítulo 3 - El pecado es permanecer solteros

Al día siguiente de la reunión, un compañero que tenía un contacto en una de las consultoras internacionales de mayor renombre logró conseguir los resultados de las encuestas privadas. Los valores inflacionarios ascendían al 26%, es decir que hace tiempo se había excedido el tope especificado en una de las cláusulas del último acuerdo firmado entre la empresa y el gremio para ajustar los salarios. Pasó otro día y mi compañero confeccionó un mail que incluía en copia a todos los demás empleados y a los jerarcas, para informar acerca del hallazgo. Esta vez la respuesta fue no solo insólita sino insultante:

-Lamentáblemente no podremos tomar estos números como válidos porque el informe no está basado en los mismos parámetros que el INDEC tomaba para calcular el IPC*1. Además tenés que tener en cuenta que este trabajo no es para vivir, acá viene la gente que fue criada en los mejores colegios, gente de dinero, en su mayoría mujeres casadas que no necesitan plata, solo vienen a trabajar por los beneficios de viaje. Este es un trabajo part time, que te permite por ejemplo, dar clases de inglés para complementar tus ingresos, si no  te gusta, tenés que buscarte otra cosa.-


Capítulo 4 - El día a día, la labor


Los agentes de reservas somos esos seres grises que nos sentamos en el escritorio con un headset en la cabeza. Nos enchufamos a una centralita telefónica, nos ametrallan los oídos con gritos de  clientes que hacen las preguntas más absurdas, se quejan, se indignan, nos cortan en el mejor de los casos o nos felicitan en casos aún más excepcionales. Casi todos cumplimos un horario de seis horas, lo cual está estipulado para la actividad como un horario full time, pero nos dicen que somos part timers, para hacernos creer que son demasiado buenos con nosotros y que nos pagan bien o al menos acorde a la actividad (algo tadavía más absurdo).
Es cierto que un gran número de las mujeres que realiza este trabajo están casadas, muchas viven en countries y cuentan con el apoyo de sus esposos para mantener a sus familias. Algunas utilizan su salarios para comprar chiches: blackberries, tardes de cupcakes por Alvear y Quintana o ropa de Galerías Pacífico. La minoría, a la cual pertenezco, somos jóvenes de entre veinte y treinta que intenta mantener una cierta independencia. Mi caso debe ser el más extremo con un hijo adolescente por mantener, el alquiler del departamento, la ropa, la alimentación de ambos y los viáticos. Sin embargo, muchas veces surge algún trabajo extra que me permite darme el lujo de disfrutar los beneficios de viaje que nos da la empresa (lo único extraordinario y mágico que recibimos de este macabro sistema). Entonces, me escapo a pasear por las calles de Londres o me pierdo como un parásito en el Barrio Gótico de Barcelona. El mundo entero está igual o aquí estamos peor, en España me compro una pieza inmensa de pan por 50 centavos de euro, un poco de jamón serrano por 1 euro con ochenta, le sumo otro euro en cerveza y con eso sobrevivo todo un día. Aquí con el equivalente solo puedo comer fideos con aceite y beber agua del grifo.

*1 Indice de Precios al Consumidor

lunes, 21 de noviembre de 2011

Caramelos ácidos

Es increíble como un cambio de perspectiva puede hacerme ver a esta ciudad como algo maravilloso o como algo repugnante, incluyendo su gente y las cosas que suceden alrededor, a veces todo brilla, otras nada tiene color...

Caminaba temprano hacia el trabajo, con más ganas de inventar una excusa y volver a casa que de entrar y sentarme a ver pasar el tiempo en el escritorio de la esquina que da al río. De repente, miro al suelo y allí estaba, el cadáver de una paloma despedazado en medio de la peatonal Reconquista. Intenté trazar algunas hipótesis sobre la razón de la muerte, era muy improbable que la pisara un camión y se me ocurrió que un perro la habría arrastrado y mordido hasta dejarla en el estado en que estaba. Se le veían los huesos que formaban las alas y la carne rojiza salida por todas partes, la observé un rato. La gente circulaba indiferente, todos iban muy apurados por cumplir con sus roles imaginarios e impuestos culturalmente. Ellos iban vestidos con sus desabridos pantalones grises, sus culos flácidos y en camisas pulcramente planchadas por sus madres o sus mucamas. Ellas iban subidas a imposibles tacos aguja y enfundadas en atuendos decadentes con ese semblante de preocupación tatuado en sus rostros, como si tuviesen que tomar una decisión importante, aunque estoy segura de que sus empleos serán tanto o más monótonos y generadores de ignorancia que el mío. Ni una pizca de alma, nadie se conmueve ni siquiera ante la muerte.
Tal vez me repugnen estos personajes necios porque la vida está allí, presente aún en la muerte, les pasa por las narices y no se dan cuenta, muchas cosas suceden en el teatro mágico de la vida mientras ellos pierden el tiempo en el juego estúpido de ganar dinero y de hacerlo rápido.

Una vez más entré a la torre negra, a los pobres no nos queda a veces más remedio que trabajar, a menudo uno lo hace más por sus seres queridos que por uno mismo, éste al menos es mi caso en el que poco me importa la acumulación de billetes con la excepción de las veces que me complazco gastándolos en juerga, libros, discos o el cine. La tarde pasó lenta y gris, miraba por la ventana o me estupidizaba con la computadora porque en ese ambiente ensordecedor es muy difícil concentrarse en Bukowski. Salí y allí estaba de nuevo, criticando en mi mente a cada individuo, cargada de una alta dosis de ácido, repugnada al punto de querer vomitar. Hasta que consigo subir al colectivo, me siento y me dispongo a leer, las cosas iban mejorando, pero comienzo a escuchar un chi chi chi chi chi chi, cumbia!, solo eso me faltaba. Levanto la vista y veo a dos muchachos de menos de veinte con un aspecto desastroso, medio rapados y con el quincho atigrado, bermudas, piercings fluorecentes y zapatillas enormes. Manotée los auriculares y respiré un poco de rock and roll. Pero no pude volver a concentrarme en el libro porque me llamó la atención una madre que subió con su hija, casi idéntica, lo sorprendente era que la mujer era muy fea y que su hija a pesar del parecido había logrado salir hermosa, tal vez por una generosa cuota de genética paterna, pensé al menos algo bueno aunque me concentraba más en la fealdad de la madre y sus lunares negros, imperfectos de los que brotaban pelos. Se me iba el viaje en esas pavadas hasta que bajé y una señora cuadrada empezó a caminar delante mío, me di cuenta de que algunas mujeres tienen el torso como una caja y las piernas finas y cortas, como una vaca rubia exageramente rectangular que una vez vi en La Rural, solo que menos agraciadas.

lunes, 7 de noviembre de 2011

El niño tuerto


Viajaba en brazos de su madre, un hermoso niño con la piel de bronce y el rostro alegre. Giraba la cabeza con curiosidad, mientras jugaba con un par de lentes oscuros. Tendría menos de tres años pero todavía conservaba las facciones tiernas de bebé rozagante. No podía evitar mirarlo, su ojo derecho enrojecido sin pupila ni iris, el otro perfecto, almendrado, castaño.
Su belleza era inmensa, asimétrica pero inconmensurable, sentí el impulso de pararme, dirigirme hasta la madre y preguntarle si me permitía saludarle. Quería decirle lo siguiente: - Bebé, sos el nene más hermoso del mundo- y esperaba que su memoria fuese lo suficientemente benévola como para que lo recordase de grande, pero mientras más lo pensaba, más dudaba y me acomodé en el asiento. Imaginaba que tal vez los niños crueles lo harían sufrir con burlas en el colegio y deseaba protegerlo de alguna manera. Pensaba en el peso de las palabras, en lo mucho que pueden hacer.
Los rayos de sol y el viento que se filtraba por la ventanilla me arrullaron, cuando desperté el paisaje ya era otro, el bebé ya no estaba, un hombre mayor me miraba por sobre el hombro como si supiera, como acusándome de no haber tenido el valor.

miércoles, 2 de noviembre de 2011

El escritor ignoto y su debut en el ABC


Nos citamos a las seis en un café moderno, era la primera vez que lo vería fuera del contexto nocturno. En mi cabeza brillaba aún la cara del prisma que proyectaba música los sábados por la noche detrás de una consola, quería descubrir otra arista, esa que tenía que ver con la soledad y con las letras. No era difícil de reconocer, sus piernas parecían medir un kilómetro, traía puesta una camisa blanca, liviana, algo traslúcida, un pantalón negro de vestir, unos lentes imitación Wayfahrer que se quitó ni bien me vió entrar en el café y un morral de cuero negro donde cargaba una biografía de Borges y un par de libros más. Nunca sabré si era una fachada previamente montada para la ocasión o de verdad cargaba a diario con tanto material bibliográfico (!).
Entré al café, el calor que emanaban las máquinas hacía que el clima dentro fuese aún más sofocante que afuera. En cuestión de segundos decidimos que el remedio perfecto para una tarde tan agobiante sería una cerveza. Me señaló una parrilla, que quedaba justo enfrente del café, pero lo consideré un acto disparatado, el en paraíso de los bares notables beber lo que sea en una parrilla era un asesinato a la nostalgia. La Giralda surgió como la más natural de las opciones. Los azulejos blancos y pulcros, las mesas de madera oscura y los vendedores de artilugios inservibles siempre estaban esperándome.
El segundo inconveniente fue encontrar las mesas de afuera ocupadas, así que nos sentamos adentro esperando que alguien se dignara a pagar y a retirarse pronto. Saqué el grabador, mientras una chica pasaba entre los breves espacios entre mesa y mesa invitando a la gente a asistir al teatro. Mientras grababa me puse a analizar la voz del escritor, no lo había notado la primera vez que la escuché pero en cuanto nos saludamos pude darme cuenta de de que me resultaba un tanto particular, como foráneo. Tal vez fuese porque como más adelante me contó había vivido un tiempo en Barcelona.
Le obsequié algunos halagos que lograron sonrojarle, así logré romper un poco el hielo (todos lo que portamos la pluma pecamos de falsa modestia de tanto en tanto). En respuesta, el escritor ignoto no se molestó en maquillar el regocijo que le causaban las flores arrojadas a su obra. Le pregunté si había considerado hacer con sus historias cortos cinematográficos, fue un disparador acertado, sin embargo, algo en su mirada denotaba un cierto resquemor al éxito, sus publicaciones me parecían realmente buenas, no estaba fingiendo, pero él finalizó pronto con la cuestión diciéndome que antes le gustaría unificar varios relatos bajo un mismo criterio. No pude comprender muy bien su idea, porque los cortos son individuales, de todos modos, elegí no darle mayor importancia y continué disparándole preguntas diversas sobre su estilo literario. Así pasaron cuatro horas bebiendo cerveza y conversando sobre Bukowski, Carver y Auster. Íbamos por la sexta botella cuando los cauces de la conversación convergieron en el libro Alta Fidelidad de Nick Hornby derivando en las parejas, las mujeres y el sexo. Hice algunas concesiones (técnica robada a Truman Capote) para que se soltara aún más y me contara algún secreto también, no pude averiguar demasiado. Hasta que mencionó que jamás había entrado a un cine condicionado.
Lúcida, aunque algo alegre, levanté la mano, para llamar al mozo y le pregunté dónde había uno de estos lugares. Se sorprendió tanto de que una mujer le hiciera esa pregunta que en su mente creyó que lo estaba engañando, no me quedó más remedio que insistir, por lo que el hombre debió ir a preguntarle al cajero y finalmente me contestó:. -Hagan dos cuadras derecho por Corrientes y ahí van a encontrar uno de "esos cines"- dijo, agachando la cabeza. Yo sabía que el sitio que mencionaba había cerrado hace años y que en su lugar habían abierto teatro que llamaron Moulin Bleu, así que decidí adoptar el plan B, caminar hacia la ex zona de los cines. Dimos vuelta por Uruguay, tomamos Lavalle pasando por los Tribunales, luego cruzamos la 9 de Julio hasta que nos topamos con un repartidor de volantes, tuve que volver a preguntar, esta vez obtuve la respuesta firme y concreta que buscaba: -Caminen derecho por ésta y doblen un poco a la izquierda-. Cuando llegamos al ABC nos pidieron abonar una entrada, una especie de happy hour que incluía una consumición válida por una de las peores marcas de cerveza disponibles en el mercado. Sin embargo, todo era perfecto así, sórdido y sombrío, cualquier bebida espirituosa de mejor calidad hubiese desentonado con aquél ambiente mugriento.
Nos explicaron que en general no aceptaban parejas, pero que habían hecho una "excepción". Bajamos por una escalera escasamente iluminada, se veía subir un haz de luz rojo. Nunca supe porqué ése color era indefectiblemente asociado al pecado, nunca azul o violeta, rojo.
Canjeamos la consumición, nos entregaron una lata amarilla que a los cinco minutos ya estaba caliente, nos sentamos frente a una de las pantallas, vimos una película lésbica durante un rato, hasta que el escritor se incomodó. Una de las protagonistas jugaba a colocar los dedos de sus pies en los lugares más privados del cuerpo de su compañera. Él me miró en la oscuridad y me llevó hasta la otra pantalla. Nos sentamos en unos sillones que simulaban un palco, abajo había butacas de cuerina bordó, como en una sala antigua, pero a diferencia, entre película y película se ofrecía un espectáculo gay. Me llamó la atención la variedad de público sentada que observaba con las pupilas abiertas de par en par. Dos hombres musculosos vestidos de policías hacían un striptease, los actores recorrían las filas mientras los demás los tocaban rebordeándose la boca con la lengua. Un viejo con bastón y un hombre con aspecto demasiado masculino me resultaron los más curiosos, personajes que me imaginaba a plena luz del día. El primero podría haber sido un tierno abuelo que llevara a sus nietos al colegio, el segundo podía haber estado caminando de la mano de su novia en cualquier lugar, o besándola en un parque, sin embargo estaban allí con caras de libidinosos, excitados por el show exhibicionista.
Terminó el espectáculo y tuve que acompañar al escritor hasta un vestíbulo y esperarlo hasta que saliera del baño, ninguno de los dos se atrevía a quedarse solo. Mientras esperaba afilé el oído, los dos actores conversaban en zunga y sombrero. Charlaban acerca de la reacción desenfrenada de los hombres, de las técnicas para enloquecer a los espectadores y de cómo uno de ellos se sintió molesto con un cliente demasiado obsesionado con manosearle el culo.
Cuando el escritor salió volvimos a la sala de cine, pero la situación ya no se relacionaba en nada con la entrevista y menos con la literatura. Decidimos salir del tugurio, nuestros ojos ya habían visto demasiado. Al salir el boletero nos dijo: "La próxima vez entran gratis, solo pregunten por Coco".

martes, 1 de noviembre de 2011

Ciclotimia

Casi experimento un orgasmo solo con llegar a casa y sentirme así, libre! Hoy no cocino para nadie, voy a la heladera y me preparo un trago, charlo con amigos, veo una película con Romain Duris, uff! el éxtasis!
Miro mis libros, los tres hermosos ejemplares que me he comprado en Zival´s, amo ese lugar. Los veo ahí, sobre las mesa, los huelo, me imagino entrar en esos mundos, me llena de emoción. No me preocupa estar sola, sino todo lo contrario. Venía de camino a casa cruzando la Plaza Congreso, un poco fastidiada por esas banderas multicolores indígenas y aquellos imbéciles de mi generación que se hacen los hippies y simulan apoyar a los desprotegidos , a los sin tierra, me sentí un poco snob, un poco lejos de eso. No de la gente que protesta, sino de los hipócritas, yo no vengo de mucho más arriba y sin embargo, creo que hay posturas que con el tiempo es necesario abandonar. Tal vez me preocupaba más el dolor de espalda, la contractura horrible que me provocaron los aviones y el maldito aire acondicionado de la oficina. Lo único que quería es lo que finalmente conseguí, cruzar la puerta desnudarme, quitarme las botas, beber y fumar por el placer de hacerlo. Tengo todo en 52 metros cuadrados, existe el egoísmo merecido?.
Pensaba en la navidad, en la gente que se entristece durante las fiestas y sentí el click!, hace tiempo que no pensaba en ello, de hecho ya no me preocupa. Me parecía imposible retornar a esa postura anterior de conmiseración, de lástima. Todo es alegría hoy, todo brillaba bajo la luz de la primavera, la gente se veía hermosa, una mujer descansaba sentada en un umbral, no era esbelta pero se veía bella, esa luz venía de mis ojos, no lo hubiese visto de esa manera en otro momento. Crucé Solís, la heladería César todavía no abrió, hace un día de puta madre y los tipos siguen de receso invernal, catastrófico. Podría haber comprado helado en Cadore, pero no,César tiene la misma calidad a mucho mejor precio. Así seguí algo feliz y un poco asqueada también, con ese sabor agridulce que me invadió durante todo el día con la esperanza de diluir lo amargo en alcohol.
Fui feliz cuando llené la bandeja plástica del restaurante chino al mediodía con arroz primavera,fui infeliz cuando tuve que pagar. Salí a la calle y vi el sol, me brotó una sonrisa, recibí un llamado en el celular, me sacó de quicio, no concibo mezclar un momento de naturaleza y paz con la tecnología perturbadora. Grité un poco, después pedí disculpas (puedo ser impulsiva pero siempre educada, aunque a veces la diplomacia se me vaya al carajo). Me senté en el césped de la entrada del edificio, volvió la paz, miré los trajes grises, se me fue el apetito.

miércoles, 12 de octubre de 2011

Las huellas indelebles del Terrorismo de Estado

Mañana se habrán cumplido treinta años de la fecha fatídica en la que Romina llegó a este mundo. Lo terrible radica en lo pronto que nos dejó.

Durante los primeros años de su vida, los padres de Nina le contaron una versión acotada sobre este hecho que marcó a la familia desde sus comienzos. Hace escasos días ella pudo recomponer el rompecabezas completo y exorcizar los fantasmas que habitaban su mente.
A veces, mientras viajaba en colec
tivo o caminaba por la calle durante su niñez, buscaba obsesivamente con la mirada a aquella nena idéntica con la que serían como dos gotas de agua, se imaginaba jugando con ella, compartiendo las meriendas, andando en bibicleta. Nina tenía tanta imaginación que llegó a pensar que así como sucedía en la Historia Oficial, alguna otra mamá podría estar criando a su hermana, exactamente un año y seis días mayor que ella; estaba convencida de que alguien se la había robado y su sentido de justicia la llevaba a buscar más allá de los límites de la razón.
En su casa el recuerdo se había transformado en una leyenda que sus viejos contaban una y otra vez. La piel como nieve, los ojos azules, el pelo negro, conformaban una belleza de cuento de hadas que se había grabado en la cabeza del padre como un sueño dulce y a la vez terrible. De acuerdo con los médicos un problema neurológ
ico y congénito le impidió a la beba vivir más de seis horas, pero la madre estaba tan débil que jamás pudo verla. Exactamente allí se producía el gap que alentaba las esperanzas en Nina de que tal vez algún militar se hubiese apropiado de su par, alejándola durante años del lugar adonde pertenecía, no obstante, jamás resignaba la esperanza de verla por primera vez.
Todo era posible, aún desde muy pequeña Nina sabía que en el 81' el pueblo argentino continuaba oprimido y sojuzgado por lo milicos. A
muy temprana edad ya le habían inculcado tanto temor hacia los Falcon verdes y la palabra "política" que tenía la sensación de vivir en un país bajo un eterno estado de sitio, en el que la libertad de expresión no era más que una utopía.
La proyección de La Noche de los Lápices en la TV pública durante el 88' fue todo un acontecimiento y otro medio informativo por el cual los padres pudieron graficarle a la niña los crímenes y torturas que se llevaron a cabo durante los años de terror, esto avivaba encendidos debates que se extendían hasta altas horas de la madrugada, siempre en un clima de absoluto secreto. Durante muchas noches la pequeña familia se reunía después de la cena a charlar sobre estas cuestiones, siempre en voz muy baja, paranóicos de que los vecinos los escucharan y pudieran denunciarlos por subversivos, solo que esto había terminado con la ascención de Raúl Alfonsín, sin embargo, aún no se fiaban de la democracia. Así fue como en una ocasión, Nina se enteró de el día que sus padres se conocieron en el café La Paz, un primo de su viejo fue secuestrado por un grupo de tareas y jamás volvió a aparecer. Su madre era una atractiva y hippona estudiante de periodismo en el Círculo de la Prensa y en esa época frecuentaba los mismos lugares que Luis Alberto Spinetta, León Gieco y Alfredo Rosso (creador del Expreso Imaginario), eso la exponía a terminar igual que el primo desaparecido, sin embargo, la decisión de irse con ese flaco de pelo largo que recién había conocido la salvó de ser una más en la lista de los 30.000. La mismísima noche de aquella primera cita, un militar de alto rango que quería acostarse con ella, obnubilado por sus pantalones verde inglés que le marcaban el talle la estaba buscando para llevársela como castigo por sus desaires. Entonces, lo que representaba una suerte para la pareja por un lado, acarreaba una desgracia por otro porque apenas un par de años más tarde los dos enamorados se fueron a vivir juntos y debieron enfrentar el dolor de perder a su primer hija en las circunstancias más adversas.
Hace poco más de una semana, sentados en el comedor de la casa y sin buscar la conversación, el padre de Nina abrió una puerta o mejor dicho una herida que permaneció cerrada durante tres décadas. Ella intentó impedirlo, pero el hombre tomó aire y comenzó a relatar la historia con una energía en la voz que hacía imposible detenerlo: "Tu madre estaba muy débil, había perdido mucho peso y la iban a dejar internada durante tres días. A mí me dijeron que la nena había muerto y que tenía que encargarme. Yo era un pendejo, no sabía qué hacer,
entonces apareció el dueño de una funeraria, que me conocía porque yo había laburado para él con la ambulancia, te acordás que te conté sobre aquello?. Bueno, él habló con dos empleados y les dijo -trátenlo como si fuera mi hijo, y dénle lo que necesite, y por favor, no vayan a dejar solo a este muchacho bajo ninguna circunstancia-, me metió plata en el bolsillo y así me subí en un coche con ellos para llevar el cuerpo. Cuando llegamos a Ezpeleta se largó una tormenta tan fuerte que nadie quería entrar al cementerio, todo estaba cubierto de barro, pero no me importaba, yo quería hacerlo igual. Así que tomé el cajoncito y cargándolo en mis brazos busqué hasta llegar al lote, comencé a cavar con las manos, me hundí en el fango mientras me caía la lluvia encima". De repente el aspecto del padre comenzó a mutar, rejuvenecíó en un instante, o tal vez fuese aquél aire desvalido impreso en la mirada de un hombre asustado por su propia desdicha lo que llevó a Nina a tener esa visión. El capítulo estaba cerrado, los dos se quedaron inmóviles, mirándonse, invadidos por un silencio angustiante.